Impacto y marca

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

Ni siquiera Belén Esteban recibió tanta promoción gratuita en su aventura literaria también con la ayuda extraplus de un negro de lujo. El fenómeno de la princesa del pueblo logró una cumbre irrepetible: sus fans compraban el libro por mera devoción, pero luego no lo leían, ¿para qué? Su militancia resultaba tan fervorosa que para adorar a su tótem les importaba un bledo agenciarse una sartén, un pijama o una ración enlatada de tinta y papel. Admirable.

El morbo es el detonante que bulle tras la obra del bello Pedro. No parece que brille el interés literario o las revelaciones que destripan los crueles entresijos de los verdaderos navajazos del poder, pero la curiosidad y el morbazo alimentan el monstruo que escondemos en nuestro interior, de ahí que el colchón y la cita errada se conviertan en el brillibrilli que nos marea y despista. Aunque suenen los timbales de la cuchufleta han conseguido una visibilidad extraordinaria, una publicidad majestuosa, un runrún formidable, y se trata de eso. A Zapatero le consagró permanecer sentado ante la bandera de las barras y estrellas cuando aquel desfile. Cosechó minutos en los noticieros y portadas de prensa. Le conocieron, gracias a su quietismo, hasta en el último rincón de España. En estos tiempos modernos donde no abunda la reflexión sólo cuenta el impacto, o sea la foto y el nombre de la persona repetidos hasta la saciedad, pues ahí se produce un singular efecto de puro arrastre. A Zapatero se le puso a caldo, pero nos lo comimos de presidente 8 años. Tras las burlas que brotan por el libro del bello Pedro una importante porción de la masa sólo recordará su nombre y su rostro. Posicionan su marca como si fuese una bebida gaseosa. Esperamos no beber esas burbujas insípidas durante los próximos años pero yo no me reiría tanto por si acaso...