Imágenes prohibidas

Este tipo que grababa por debajo de la falda no estaba haciendo solo una gracia. Lástima me da la mujer que cargue con él en el futuro

VICENTE GARRIDO

Recorté una noticia publicada por este periódico el pasado 22 de junio: 'Agentes de la Policía Nacional han detenido en un centro comercial de Valencia a un hombre de 30 años que fue sorprendido grabando con una micro cámara que llevaba en sus zapatillas por debajo de las faldas a las clientas. Los agentes averiguaron que la micro cámara estaba sujeta con una pinza a los cordones del calzado y que tenía una cámara de vídeo en la bandolera'. Este tipo de sucesos se suma a otros de índole parecida, en los que se ponen cámaras en los lavabos o probadores para ver a las chicas en esos lugares de intimidad. En otras palabras: hay personas que se solazan siendo 'mirones', solo que, a diferencia de su práctica habitual, no buscan espiar a parejas, sino que les vale cualquier cosa que suponga una mirada prohibida.

Que esto suceda en la época donde existe una infinidad de portales web donde poder mirar hasta quedarse uno ciego, no deja de ser sorprendente. ¿Qué necesidad hay de robar imágenes cuando tantas mujeres ofrecen todo de forma gratuita? Sin embargo, la paradoja es solo aparente. Lo que resulta excitante para estas personas es la propia vulneración de la intimidad de esas mujeres, quienes claramente no desean ser víctimas de esas prácticas. De tal modo que para ellos es mucho más gratificante unas imágenes oscuras o poco definidas pero prohibidas, que toda la pornografía gratis a la que puedan acceder. Esto nos lleva al asunto central: es necesario comprender que en esta sociedad donde cualquiera puede ver todo hay gente incapaz de desarrollar una sexualidad madura, asociada al placer compartido y al afecto, a la voluntad mutua de disfrutar la intimidad. La pedofilia (no la acción del abuso sexual infantil, sino la atracción por los niños), el voyerismo y otras desviaciones sexuales no son atendidas en la seguridad social; si uno siente que ese deseo se convierte en una condena solo puede recurrir a servicios médicos o psicológicos privados. Claro está, el individuo ha de tener esa necesidad de controlar tales impulsos, y la valentía (muy poco frecuente) de reconocer que alberga esos impulsos desviados.

Las desviaciones sexuales, incluyendo el disfrute sexual mediante la violencia, se entroncan en el núcleo de la identidad del individuo; hay detrás carencias graves, una personalidad frustrada en su meta de alcanzar el equilibrio emocional junto a relaciones significativas con los otros. No me creo en absoluto las declaraciones de novias de agresores sexuales que afirman que sus parejas eran «personas del todo normales». Nadie puede ser «normal» (en cuanto a una correcta armonización de la personalidad) y albergar una capacidad de violencia y desprecio semejante. Este tipo que grababa por debajo de la falda no estaba haciendo solo una gracia. Lástima me da la mujer que cargue con él en el futuro.

 

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