La idoneidad de los varones

ANTONIO PAPELL

Ignacio Aguado, vicepresidente de la Comunidad de Madrid, de Ciudadanos, ha intentado desviar la atención ante las críticas justificadísimas por la falta manifiesta de paridad en el nuevo gobierno de la CAM. Y ha declarado con hiriente insolencia que «para poner 'pajines' o 'aídos' en un gobierno, prefiero no hacerlo». Conozco bien a Bibiana Aido y a Leire Pajín, actualmente en cargos de alta responsabilidad en instituciones internacionales, y ambas son excelentes profesionales que dan 100.000 vueltas a la infinidad de desclasados masculinos que se refugian en la política porque han fracasado en su vida profesional o, sencillamente, porque su incompetencia es supina y no saben hacer otra cosa. Pero estas líneas no tienen por objeto elogiar a unas mujeres que han abierto brecha y que hoy se desenvuelven con soltura fuera de la política sino condenar la osadía que hay que tener para mantener a estas alturas este discurso machista y trasnochado.

Si pasamos revista al gabinete madrileño o, mejor aún, a la nómina masculina de diputados de la Asamblea de Madrid, encontraremos con seguridad a alguno que se ha arrimado a lo público porque sería incapaz de abrirse paso en lo privado. Pero nadie les ha exigido certificado de idoneidad, como si la mediocridad se aliviara con la testosterona. En cambio, las mujeres que tienen la osadía de incorporarse a tareas políticas han de superar por principio la sospecha de su ineptitud. ¿Ineptitud de género? ¿No se avergüenzan quienes lanzan esta tesis pervertida y antigua de su exultante supremacismo cavernario?

La postergación de la mujer ya no consiste, a estas alturas, en vejarla o en abusar de ella (contra esto, hay por suerte barreras eficaces que la protegen), sino en ese desdén sutil con que se la obsequia a la hora de reconocerle con naturalidad su derecho a desempeñar todos los roles que le vengan en gana. Esa displicencia profundamente sectaria que rezuma de las palabras de Aguado es el rescoldo de un destructivo supremacismo varonil que todavía, en el fuero interno de muchos políticos, condesciende con la mujer en lugar de admitirla sin matices, y la somete a observación a ver si se confirma su imaginaria minusvalía intelectual.