LA HUERTA Y LOS AGRICULTORES

Pablo Salazar
PABLO SALAZARValencia

Para evitar que desaparezca la cada vez más escasa huerta de Valencia y su área metropolitana lo primero es disponer de un planeamiento de protección, que es lo que acaba de presentar la Generalitat con el habitual bombo y platillo mediático-propagandístico. Si se deja que cada municipio disponga libremente de su suelo, las necesidades actuales y futuras de vivienda, infraestructuras y equipamientos acabarán por ir rellenando de cemento y hormigón los huecos de verde que aún subsisten a lo largo de la comarca, aprisionados entre autovías y vías de ferrocarril. El riesgo de una conurbación descontrolada y caótica ya es suficiente argumento en favor del mantenimiento de unos terrenos agrícolas que permiten transiciones más amables y menos agresivas que cuando un pueblo enlaza con el siguiente hasta confundirse y no saber dónde empieza uno y dónde acaba el otro.

Pero siendo importante, el planeamiento no lo es todo, ni mucho menos. En primer lugar, porque ya hemos asistido a otros intentos de proteger la huerta desde los despachos y los resultados han sido más bien escasos. Es cierto que se ha conseguido parar el acelerado proceso de destrucción de parcelas cultivables pero esto es debido a una crisis inmobiliaria que ha acabado con la traca recalificadora y especulativa de finales del pasado siglo y comienzos del presente. Y en segundo lugar, porque una cosa es evitar que en terrenos de huerta se construya y otra muy distinta es conseguir que sobre los mismos se siga manteniendo una actividad agrícola. En realidad, aquí es donde se encuentra el verdadero reto político, económico y social. Porque proteger sobre el papel miles de hectáreas de eso que llamamos 'huerta' es relativamente sencillo, sin despreciar por ello el trabajo efectuado por los técnicos que han intervenido en el proyecto. Pero lo verdaderamente complicado es conseguir que la huerta siga interesando a los pocos agricultores que continúan dedicándose a una actividad de la que no se obtiene una gran rentabilidad, que exista relevo generacional, que la protección de la huerta de Valencia, l'horta, sea algo más que una postura ideológica asociada al progresismo, incluso identitaria, y se convierta en un potencial económico que la haga atractiva no para soñar con cultivar ladrillos sino para plantar cebollas, lechugas o patatas. Y mucho me temo, sin querer caer en el pesimismo, que ni los tiempos acelerados propios del siglo XXI, ni el modelo de sociedad, fomenta y empuja a mantener un negocio tradicional de agricultura que encuentra notables problemas para su comercialización, para poder competir y llegar a los supermercados y a las grandes superficies. El reto, en fin, no es sólo la huerta sino el agricultor, una especie en vías de extinción.

 

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