En huelga por Paquita

MANU RÍOS

Qué pereza, señores. Está todo tan politizado, tan instrumentalizado, que hasta las causas más justas llegan a cansar. Y no porque no les falte contenido y sentido, sino porque una siempre tiene la sensación que te están vendiendo la burra, una vez más.

Decenas de actos reivindicativos y hasta una huelga por segundo año reclamando la tan necesaria igualdad entre hombres y mujeres, que aunque avanza a buen paso sigue necesitando de mejoras. Pero entre el radicalismo de quienes agitan a las masas al grito de «vamos a paralizar el país» y las que blanden al aire la chorrada de «soy femenina pero no feminista» existe el término medio y la mesura.

Me sobran muchas manifestaciones histéricas y me faltan declaraciones sensatas. Igual es porque hay más mujeres que hombres (23 millones de mujeres y 22 de hombres) y por tanto, más 'votantas' que votantes, y los partidos políticos se matan por apoderarse de una lucha que jamás le ha pertenecido a nadie, más que a sus protagonistas.

Nos estamos pasando cuatro pueblos. Ser mujer es mucho más serio que todo lo que se puede decir a golpe de tuit y de ocurrencia. Entre tanta desmesura y lo que mi admirado Carlos Alsina describe como los viernes comerciales que se ha montado el Gobierno de Sánchez, que consiste en «aprobar cosas que tengan buena venta aunque sufran de obsolescencia programada», yo esta semana me bajo del carro. Hago huelga a mi manera. No pienso dedicar ni una línea más a hablar de política o políticos. Me saturan. Hoy hablo de otra cosa mucho más seria y preocupante.

Les cuento. Existe una ONG llamada Grandes Amigos que ha tenido a bien crear una campaña de publicidad fantástica. Un torrente creativo para denunciar una realidad social excesivamente presente en nuestro país: que nuestros mayores se mueren en una soledad que no eligen, solo porque sus familias les dan la espalda. Qué injusto y doloroso. La campaña publicitaria la protagoniza una ficticia Paquita, que se inventa una familia hinchable de plástico con un hijo, un marido, una nuera, dos nietos y un perro. Ella sentada en su sofá rodeada de muñecos de plástico es la visualización más cruel de cómo se pueden sentir nuestros mayores. Dos millones de ancianos viven solos. De ellos, 368.400 son mayores de 85 años y apenas reciben una visita mensual de alguien conocido. Se mueren de pena y de soledad. Y esto sí que no admite de paños calientes ni de marketing. Presumimos de ser una sociedad avanzada pero no tenemos alma. ¿Dónde está el avance? Ya les dije. Me declaro en huelga.

Aunque solo sea por egoísmo estadístico -ya hay 8,6 millones de personas mayores de 65 años en España- algo hay que hacer. ¿Qué partido se pide enarbolar la bandera de nuestros mayores igual que se hace con las mujeres y los LGTBI?