El horario

FELIPE BENÍTEZ REYES

Si tuviésemos que sintetizar el espíritu que rige los debates que se originan en las redes sociales, bastaría con imaginar a alguien que escribe «Hoy me he levantado con dolor de cabeza» y a otro alguien que le replica «No estoy de acuerdo». Hay quien supone que las redes sociales han promovido la idiotez, pero me temo que el asunto es más simple: antes la idiotez era privada y ahora aspira a ser pública. Hemos pasado, en fin, de la idiotez casi secreta a la idiotez exhibida.

Como norma general, el idiota suele ser el que no piensa como nosotros, por idiotas que seamos, y ahí se origina una guerra de idioteces antagónicas de la que sólo sale victoriosa la idiotez como concepto genérico. En buena medida, esta expansión de la idiotez se debe a una superstición intelectual: la de estar convencidos de que todos los fenómenos del mundo están necesitados de nuestra opinión.

Históricamente, el ser humano tiene vocación discrepante con respecto al resto de los seres humanos, de modo que resulta imposible llegar a una conclusión unánime sobre, qué sé yo, la manera de anudarse la corbata o de freír un huevo adecuadamente: hay teorías variadas al respecto, y controversia.

El último debate que ha enfrentado a parte de la población es el del mantenimiento o no del horario veraniego durante todo el año. No puede decirse con propiedad que se trate de un severo debate filosófico, pero no por ello deja de ser un debate, que es de lo que se trata: disponer de algo sobre lo que no estar de acuerdo con el mayor número posible de congéneres.

Entre las muchas opiniones oídas y leídas, me ha conmovido una en especial. Un reportero le puso el micrófono por delante a un joven que ofreció a los televidentes una apreciación no sólo inesperada, sino antropológicamente desgarradora: «Los canarios no podemos perder nuestra identidad». No habíamos caído en eso: en la pérdida irreparable de la tradicional coletilla «una hora menos en Canarias». Esa hora menos que, según el dictamen del joven canario, sustenta la identidad de los isleños, que nacen y mueren una hora antes que los peninsulares. El asunto presenta, como es natural, sus contradicciones, como casi todo en esta vida: también los portugueses tienen una hora menos en sus relojes, lo que equipararía la identidad canaria con la identidad portuguesa, extremo que tal vez enredaría un poco la cuestión identitaria ibérica.

Por otra parte, los gallegos alegan que les amanecería muy tarde. La clave esencial del asunto la ha planteado la escritora y periodista vasca Txani Rodríguez: «Entonces, los de izquierdas, ¿qué posición tenemos con respecto al cambio horario?». La broma es seria, porque el caso es que, a fuerza de opiniones, y hora más y hora menos, ya no sabe uno demasiado bien ni qué opinar de sí mismo.

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