¿Es el hombre una rata para el hombre?

Nos preocupa mucho el origen ecológico de lo que comemos y nada el destino contaminante de lo que evacuamos. Eso se llama irresponsabilidad defecadora

¿Es el hombre una rata para el hombre?
ESTEBAN GONZÁLEZ PONS

Carece de sentido que la autoridad se alarme por las nefastas consecuencias del uso masivo de toallitas jabonosas para limpiarse los secretitos y que, sin embargo, no haga nada más al respecto que rogar a los ciudadanos que vuelvan a sentarse en el bidet. Rogar, rogar. En Nueva York, las toallitas formaron un tapón en el alcantarillado de 80 metros y 100 toneladas, causando un gran escándalo al saberse que la ciudad debía destinar millones de dólares a resolver el problema. En Londres, el atasco de pañuelitos húmedos solidificados llegó a las 130 toneladas. Pues bien, en Valencia, la obstrucción fue casi ocho veces mayor, el tapón de grasa y porquería ocupaba un kilómetro de longitud y pesaba 1.000 toneladas y, también, al Ayuntamiento le costó varios millones de euros. A los valencianos, por lo visto, nos gusta sentir que llevamos el culo igual de resplandeciente que la cara, y más que las manos, ya que no veo que nos las lavemos ni tan a menudo ni con tanta curiosidad. Por no hablar de los dientes. Nos preocupa mucho el origen ecológico de lo que comemos y nada el destino contaminante de lo que evacuamos. Eso se llama irresponsabilidad defecadora.

Algo parecido ocurre con los plásticos. Sabemos que están ahogando praderas de algas y corales en los océanos, que las islas de basura inorgánica pronto tendrán tamaño suficiente para albergar naúfragos o piratas y que las tortugas marinas, entre otras especies, mueren con el estómago destrozado por la ingesta masiva de objetos indigeribles, pero no nos rebelamos. Cada vez que subo la compra y distribuyo su contenido entre la nevera y el armarito del fregadero, lleno un cubo grande con envases y embalajes de plástico, muchos de ellos inexplicables, que lo envuelven todo. Todo, pechugas, champús o estropajos. Por no hablar del café, que ha pasado de generar posos putrescibles en las cafeteras italianas a expeler inextinguibles cápsulas cagadas por las máquinas guapas. Todo. Habitamos un mundo plastificado para ahorrar y lo vamos a pagar caro cuando sea demasiado tarde.

Hasta ahora, era suficiente con no mirar, ya que la inmundicia la dejábamos en casa de otra gente más pobre, pero China acaba decir «basta». Hasta el 1 de enero, allí se depositaba el 53% de los residuos plásticos y textiles mundiales, ahora ya sólo aceptarán lo que sea reciclable. Y ¿qué haremos? ¿Dormir sobre nuestra propia mugre?

Quizá haya llegado el momento de reaccionar. Que la autoridad prohíba toallitas no biodegradables y que Europa acelere el anunciado impuesto contra envoltorios y bolsas de plástico. Eso sería un comienzo, aunque nada cambiará si no dejamos de comportarnos como ratas. La paradoja consiste en que el planeta no es reciclable, pero el ser humano, sí. Ser o no ser una plaga, esa es una de las auténticas cuestiones políticas (con perdón de los politólogos).

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