EL HOMBRE QUE MUSCULA EL TALENTO EN VALENCIA

No ha habido otro preparador físico que haya tenido a tantos campeones como Miguel Maeso, que ya es un histórico

EL HOMBRE QUE MUSCULA EL TALENTO EN VALENCIA
FERNANDO MIÑANA

Hubo un tiempo en que el deporte valenciano se cocía en el gimnasio Atalanta de Juan Carlos Gómez Pantoja. Y eso era así porque Miguel Maeso llevaba allí a sus deportistas. Aquello era en los años 90 y por eso, cuando la semana pasada leí que al chaval valenciano que llegó a la final júnior de Wimblendon, Carlos Gimeno, lo empezó preparando Maeso, me sonreí porque vi que el tío, a sus 63, sigue en el ajo.

Maeso nació en Almuñécar, en Granada, en 1956 y después de haber sido jugador de rugby y un tío con un aspecto físico envidiable, cuenta avergonzado que ahora le pega al golf. «Y encima soy malo de cojones», apuntilla. Tuvo que dejar el deporte de alta intensidad después de que, por culpa de una hipertensión, estuviera cuatro años en lista de espera, con diálisis, hasta que logró un trasplante de riñón. Así que desde entonces, hace un lustro, juega al golf y disfruta -esto lo dice con la boca pequeña, como en un murmullo- paseando al aire libre en Catarroja.

Tiene guasa que juegue en un campo de golf que se llama Masía de las Estrellas. Él, que empieza a hablar de las estrellas del deporte con las que ha trabajado y no acaba. Porque Maeso dejó Valencia para estudiar INEF en Madrid, pero en cuanto regresó se puso manos a la obra. Jugó al rugby hasta cumplidos los 40 años, entrenó al mítico Les Abelles y entró como preparador físico en el equipo de baloncesto cuando aún era una sección del Valencia CF. Recuerda orgulloso que subieron del tirón de Tercera a Segunda y de Segunda a Primera B con Toni Ferrer. Y que siguió cuando ficharon a Antoni Serra, y cuando Juan y Fernando Roig cogieron el club. Y vivió los años maravillosos del Maestro Miki Vukovic, aquel Pamesa que ganó la Copa del Rey de 1998 en Valladolid, donde le hicieron una fotografía cortando la red de una canasta subido a los hombros de Víctor Luengo.

Al mismo tiempo empezó a forjar sus primeros tenistas: José Francisco Altur, Nicolás Romero, Aparisi... O le ponía las pilas a Aspar en sus últimos años como piloto. Igual que a Adrián Campos. Y después de él, a su representado, un chico asturiano llamado Fernando Alonso...

Pero la época que yo le recuerdo con el aura de los elegidos fue cuando cogió a primeras espadas del tenis. Antes de que Juan Carlos Ferrero ganara Roland Garros y fuera la estrella de la primera Copa Davis de la historia de España, coincidí con Maeso en un campeonato de España de clubes en el CT Valencia y, viendo un partido del tenista de Ontinyent, al comprobar que yo estaba alucinando con su juego, me soltó: «No hay ningún jugador en el circuito con una derecha como la suya en tierra batida. Va a ser el mejor». No falló.

Más talento aún que Ferrero, pero mucha menos capacidad de sufrimiento, tenía Marat Safin, aquel tenista moscovita que cuando entraba a la cancha con ganas de jugar no tenía rival. Ganó dos Grand Slam, pero pudo haberse llevado media docena. No lo hizo porque eligió otro tipo de vida menos sacrificado. Yo lo entiendo. Y Maeso también. «Con 20 años era número 1 del mundo y firmó un contrato con Adidas de mil millones de pesetas en diez años. Al día siguiente vino y me dijo: 'Miguelón, a partir de ahora va a entrenar dos veces al día tu madre...'».

Safin, a quien, en aquella época, era fácil encontrarte en los mejores restaurantes y garitos de la ciudad, fue el mayor talento con el que ha trabajado Maeso, otra ave nocturna que atravesaba la ciudad en un cochazo como si él fuera otra estrella más. «Safin y Aspar, que era muy listo en carrera», añade.

Cuando le preguntas por el deportista con el que ha tenido una conexión más profunda, empieza a divagar. Que si Ferrero, que si Anabel Medina, que si Safin y su hermana, Dinara Safina... Pero no tarda ni un segundo en responder a quién es el mayor portento físico que ha visto en su vida: «¡Aaron Swinson! El tío más fuerte que he visto en mi vida. Pasaba el codo por encima del aro. Y se negaba a hacer pesas con las piernas porque decía que aún podía crecer más. ¡Y tenía casi 30 años!».

No tiene pensado jubilarse. Está encantado con esta nueva Valencia que presume de maratón y se acuerda de cuando llevaba en su BMW a un cámara de televisión durante una carrera y la gente insultaba a los corredores. Eso ya cambió. Él no. Aunque ahora juegue al golf. Y me cuenta que ahora lleva a una tenista de Malta, Helene Pellicano, que es de las mejores júnior del mundo...