¡Hola, chicos!

VICENTE LLADRÓ

Hay un tipo de bar-restaurante que prolifera por toda la geografía y en todas partes ofrecen casi idéntico listado de tapas y bocadillos. Son sitios que se llenan por las mañanas, a la hora del almuerzo popular, también con formatos similares y precios de tarifa plana: más o menos 5 o 5,50 euros si es bocadillo entero y 4 o 4,50 si es medio, incluyendo bebida, aceitunas, cacahuete del 'collaret' (de origen valenciano pero ahora importado de Arizona) y café. A este conjunto, sin el bocadillo, que algunos traen de casa, lo denominan 'el gasto', cuesta 2,5-3 euros y resulta bien curioso que tal término esté tan asumido y generalizado en todas las poblaciones, tanto si vas al bar de la plaza como al del polígono industrial. Luego, en la gran mayoría sirven a mediodía menús económicos a quienes buscan dónde comer, habitualmente personas que trabajan en los alrededores. Y otra vez la tarifa plana: por un precio que suele oscilar entre 8 y 10 euros, un primero a elegir entre tres o cuatro platos, un segundo, postre y café. Las noches de sábados, vísperas y festivos se transfiguran para dar de cenar. Surtido de tapas, entre las que no fallan en ningún sitio los calamares, las 'bravas' y la 'puntilla', y profusión de bocadillos con unas constantes muy identificadas en las cartas: 'brascada', 'chivito', 'Almussafes' (con cebolla caramelizada)... y el 'de la casa', donde entra ya la personalización. Pero la más llamativa coincidencia, que se ha extendido recientemente, está en el formato con el que saludan en todos estos sitios a la hora de cenar. Llega el camarero o la camarera a la mesa y dice: «Hola, chicos, decidme, ¿qué vais a tomar?» Y en todas partes lo mismo. Una fórmula simpática para romper el hielo. Debe ser cosa de los cursillos de formación profesional, o de alguna circular del gremio de hostelería.