EL HOCICO

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

No me hago ilusiones, tarde o temprano, y me temo que será temprano, aplicarán la norma. Empleando disimulo ya deslizan la posibilidad y desde la DGT, si Sanidad lo recomienda, se unirían fervorosos a la causa que prohibiría fumar en los coches, en nuestros coches particulares. El tabaco no tiene defensa, lo sé, lo asumo, pero también intuyo que cada cual escoge el veneno que le conviene al cuerpo porque la condición humana precisa de un poco de ponzoña para colmar nuestros rincones oscuros, nuestro lado autodestructivo.

Unos abrazan los cartones bingueros que a lo mejor estragan los bolsillos, otros la pasión futbolera que te puede conducir al infarto cuando la tanda de penaltis, otros lo de galopar por las mañanas para conseguir la segura cojera alcanzados los sesenta tacos, y otros la nicotina adictiva que engancha con ferocidad de lobo siberiano. Cuando me desvelo huyo de la cama, me tumbo sobre el sofá para enchufarme un pitillo y la ración de humo actúa templando mis nervios hasta reconducirme al sueño. Mano de santo, ese cigarrillo bastardo de horario inverosímil. El tabaco es un asco, lo admito, y me parece bien que impidan el fumele en lugares públicos, opino que incluso deberían de clausurar su consumo en las playas. Fumar en la playa es una verdadera cochinada y las colillas sumergidas bajo la fina arena revelan la mala educación de buena parte de mis hermanos los marginados fumadores. Pero más allá de los lógicos asuntos de salud pública, nuestro coche es la extensión rodante de nuestra morada por su carácter de lanzadera o de satélite. Por lo tanto, en mi casa o en mi coche, siempre que no moleste a terceros como mandan los cánones del sentido común, mando yo. Hincar el hocico en mis espacios sagrados para cercenar mis breves vicios supondría una intromisión intolerable. Otra más.