UNA HISTORIA DEL VALENCIA (XLII)

A finales de los cincuenta el Valencia sufrió tres importantes cambios en su estructura directiva

JOSÉ RICARDO MARCH

En la segunda mitad de los años cincuenta el Valencia experimentó una serie de profundos cambios que lo transformaron de arriba abajo y lo dejaron preparado para afrontar los nuevos retos que se le presentarían a lo largo de la siguiente década. Ya conocemos el efecto que produjo en el equipo la importante renovación deportiva que se extendió entre 1949 y 1959 y que tuvo como consecuencia la sustitución de la brillante plantilla de los cuarenta por un puñado de jóvenes surgidos, esencialmente, de la base, y algún retoque de campanillas como Faas Wilkes. También hemos repasado en entregas anteriores de esta serie el empeño de Luis Casanova y su directiva por transformar el coqueto Mestalla en un coliseo con capacidad para cerca de sesenta mil almas, una costosísima operación que llevó al club a tambalearse económicamente. La revolución se completó con la desaparición de la estructura directiva que venía marcando el rumbo de la entidad desde hacía dos décadas, que fue sustituida por una generación de dirigentes más jóvenes, llamados a escribir sus nombres con letras de oro en nuestra historia.

El primero de los cambios en el organigrama del Valencia se dio, desgraciadamente, por imperativo biológico. Así, el 23 de julio de 1956 falleció Luis Colina, que había dirigido con firmeza y sapiencia la ascensión del Valencia al olimpo futbolístico desde su incorporación a la entidad en 1928. Sabiendo próximo su relevo, Colina había actuado con previsión al preparar a un joven empleado administrativo, Vicente Peris, para que ocupara su puesto. A pesar de las excelentes condiciones del nuevo secretario general, demostradas al frente del CD Mestalla, la ausencia del viejo zorro de Pardiñas abría un interrogante: ¿seguiría siendo el Valencia, tras la desaparición de Colina, un club de peso en la España futbolística?

Dos años después de la muerte de Colina, en enero de 1959, se produjo el gran cataclismo. Por un lado Eduardo Cubells anunció su marcha del club tras haber pasado los últimos veintinueve años al frente del área técnica, un cargo que había llegado a compatibilizar con la dirección efectiva del equipo a mediados de los cuarenta. En los últimos tiempos Cubells había sido duramente criticado por la afición y la prensa y señalado como uno de los responsables de la mala marcha deportiva del equipo, que llevaba cinco años en barbecho. El último fichaje que se le podía atribuir, el del brasileño Joel, había supuesto una gran decepción. Harto, pues, de dardos, tomó la decisión de abandonar el Valencia, a cuyo servicio había consagrado prácticamente toda su vida. Cubells fue sustituido por una comisión deportiva presidida por Manuel Melchor y formada, entre otros, por directivos de largo recorrido como Juan Fortis, José Cano Coloma o Manuel Sala.

La dimisión de Cubells tuvo una consecuencia que no por esperada resultó menos doloroso: la salida del Valencia del presidente más longevo y exitoso de su historia, Luis Casanova. El empresario cinematográfico, cuyos negocios habían experimentado graves problemas durante los cincuenta (los interesados pueden buscar los pormenores de la historia, escasamente divugados y con un final poco agradable, en el excelente volumen que Félix Fanés dedicó a CIFESA hace treinta años), había tratado de hacerse a un lado desde hacía años, pero la firme oposición de los socios compromisarios había frenado las tentativas de dimisión que solía explicitar en las juntas generales. Por fin en 1959, tras haber ligado tiempo atrás su futuro al de Cubells, halló el momento idóneo para abandonar el club. Atrás quedaban los mejores años de la historia del Valencia, repletos de títulos y momentos para el recuerdo.

El sustituto de Casanova no tardó en conocerse: Vicente Iborra, un riquísimo exportador que figuraba en la junta previa como vicepresidente primero, fue el elegido. De él se decía, con razón, que apenas sabía de fútbol (a pesar de que ostentaba la presidencia honoraria del Levante). Era, eso sí, un buen gestor y un personaje de prestigio en la ciudad: había ocupado, veinticinco años atrás, el cargo de Director General de Comercio durante la Segunda República y, en épocas más recientes, la presidencia del Ateneo Mercantil. Un hombre de posibles, en definitiva, para salvar el match-ball económico al que se enfrentaba el Valencia en aquellos días.