Un hijo como él

El problema de las personas con discapacidad es que se ponga el acento en lo adjetivo y no en el sustantivo

María José Pou
MARÍA JOSÉ POU

Visibilidad es uno de los términos fetiche de los últimos años. Cualquier colectivo que se siente maltratado u olvidado reclama visibilidad: las mujeres, los transexuales o las personas con discapacidad. Visibilizar, en el mundo de la imagen, significa ser. Simplemente ser. En un entorno de pantallas fijas y portátiles, lo que no se ve, no existe. Por eso, los abanicos rojos, los lazos amarillos o las banderas arcoíris. Las causas se acogen a colores, formas o símbolos para resumirse y multiplicarse.

Visibilidad es por lo que luchan desde hace años los grupos LGTBI o las minorías étnicas o religiosas exigiendo presencia en los medios, naturalidad en sus actuaciones y normalidad en sus apariciones públicas. Sin duda, se ha avanzado mucho en el cine y en la sociedad pero aún es noticia una película protagonizada por dos mujeres homosexuales, como Carmen y Lola; papeles para mujeres gitanas que no incidan en los tópicos, o representación de creencias religiosas sin estereotipos. Cuando a todo eso se une un rechazo social soterrado y negado en público, como les ocurre a las personas con discapacidad intelectual, su techo de cristal se vuelve de cemento. Y no hay quien lo rompa.

Anteanoche, en la Gala de los Goya, alguien lo rompió. Fue Jesús Vidal, ganador del premio al mejor actor revelación por su papel en la película 'Campeones'. Vidal es un actor. Si subió al escenario fue como actor, no como discapacitado. Aunque lo sea. El problema de las personas con discapacidad es que se ponga el acento en lo adjetivo y no en lo sustantivo: en «con discapacidad» y no en «persona». Con ellos solemos ver la silla de ruedas, no quien la ocupa; las muletas, los zapatos ortopédicos, los audífonos, el bastón blanco o la lengua de signos. Cuando vemos a un miope, no decimos que es un miope. Es una persona. Sabemos que lleva gafas pero sus gafas no le definen. Así debería ser con quienes tienen una discapacidad. Como la de Jesús Vidal, que no le ha impedido desarrollar una carrera como actor y ganar un Goya con el que se convirtió en altavoz de quienes exigen ser tratados con la misma dignidad y aceptación, incluso antes de nacer.

Durante la gala, lo resumió muy claramente: «han distinguido a un actor con discapacidad; no saben lo que han hecho». En efecto. El auditorio rió, sin medir realmente la dimensión de la frase. Toda la emoción que produjo su discurso exigiendo visibilidad y normalidad casa mal con una sociedad que critica a quienes exigen que las leyes no avalen el rechazo global a personas como Jesús. Algunos aplauden y quedan al borde de la lágrima cuando Vidal dice «a mí sí que me gustaría tener un hijo como yo». El aplauso a esa frase niega el aplauso a las leyes que aceptan el descarte de personas como él. Lo más grande de su discurso no fue la exigencia inicial de inclusión sino la reivindicación final de la no exclusión antes de nacer para hijos como él.