Quién habló que su casa honró

FERRAN BELDA

Ricardo Bofill Leví ha emparentado con la Reina de Corazones, pero en la presentación del edificio que va a levantar en la avenida de las Cortes valencianas se comportó como una de esas vulgares imitadoras de su consuegra. «Calatrava es un buen arquitecto -afirmó sin venir a cuento-, pero se le caen las cosas». «Hace cosas insólitas», continuó regurgitando, pero «a veces tiene problemas de gestión y construcción». No como yo, que todo lo hago a conciencia, le faltó añadir. Con la de palos del sombrajo que se le han caído. Sin ir más lejos, en las dos únicas obras que tiene en la Comunidad Valenciana: los tramos X y XI del jardín del Turia y el conjunto formado por La Manzanera, la Muralla Roja y Xanadú, en Calp. No creo pecar de exagerado si digo que proporcionalmente las dos han dado más guerra que la totalidad de los edificios calatraveños del viejo cauce, incluido el puente del 9 de Octubre. Un diario de Madrid de cuyo nombre no me quiero acordar se apresuró completar las insidias vertidas por el yerno de Chábeli contra su competidor de Benimámet deslizando un dato nada inocente. «El pasado verano, un tribunal italiano condenó al arquitecto valenciano a pagar 78.000 euros por (...) los errores y sobrecostes detectados en un puente de Venecia». Fallos, por cierto, a los que una cadena de televisión dedicó todo un documental cuyo estreno en España fue noticia tanto cuando se emitió en cerrado como cuando se pasó en abierto. España y los españoles somos así, señora. Lo que no dijo el corresponsal de dicho periódico es que el Ayuntamiento de Valencia se tuvo que gastar el año pasado 311.525,49 euros en reconstruir las pérgolas de Bofill padre ante la amenaza de desprendimiento que presentaban las vigas y las columnas -copio del natural- debido a «la desaparición del hormigón y el deterioro de la estructura de hierro». O que la empresa encargada de los trabajos de rehabilitación hizo constar en su informe que el sistema de evacuación de agua diseñado por Bofill era «defectuoso». Prueba concluyente de que no solo Calatrava «calcula [su trabajo] como si fuera un negocio». La diferencia estriba en que las imágenes del pequeño umbráculo de Ricardo Bofill apuntalado por culpa del empleo de un cemento leproso que se desmenuzaba a trozos dejando al aire el forjado no salieron del Cap i Casal y en cambio el superficial 'trencadís' que se desprendió de las monumentales estructuras de Calatrava dio varias vueltas al mundo. Huelga recordar que gracias a la colaboración de francotiradores voluntarios como el entonces diputado de EU Ignacio Blanco. Me he dejado para el final cualquier mención al conjunto bofilliano de Calp porque sólo las comunidades de vecinos de La Muralla Roja y el Xanadú verde sabrán lo que les cuesta mantener vivos esos colores. Pero las interioridades del club social La Manzanera son públicas. Y por tanto se sabe que no merece otro calificativo que el de ruina.