Los guardianes de las ideologías

Los guardianes de las ideologías
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V eíamos en un artículo anterior cómo algunos pensadores contemporáneos afirmaban que las ideologías, tal y como han venido siendo entendidas en estos dos últimos siglos, han sido superadas como consecuencia de la globalización, la política de consenso y el debilitamiento de las convicciones. Lo cierto es -y España es un claro ejemplo de ello- que asistimos a una enconada polarización ideológica. El pensamiento conservador ha optado por una actitud defensiva frente a esa izquierda que en teoría defiende la libertad pero que en la práctica digiere mal a los disidentes. En el ámbito anglosajón ha surgido esa derecha llamada alternativa (alt-right) en respuesta a las políticas identitarias de la izquierda. Sus principales ideólogos son Richard Spencer, fundador de la web Alternative Right y Jared Taylor, editor de la revista American Renaissance. Surgieron en el inframundo de Internet, inundando las redes sociales de soflamas similares a las que usó la izquierda nacida del Mayo del 68. Se ufanan en trasgredir lo que la izquierda considera políticamente correcto, indignando, todavía más, a los ya de por sí indignados adversarios. Su componente racista, supremacista y anticristiano es claro: desprecian la igual dignidad de todos los seres humanos y la desacralización del poder político. Evidentemente no son estos los principios con los que hacer frente a los adalides de lo políticamente correcto.

Por ejemplo, el aborto o la eutanasia, se nos presentan como derechos humanos incuestionables. Es una grandísima contradicción que esa izquierda que se ha vanagloriado de defender al que no puede defenderse, de poseer una fe ciega en el progreso de la ciencia, de proteger las causas de los débiles y los desesperados, renuncie a aceptar lo que la ciencia confirma como evidencia indubitada: que la vida humana comienza desde la concepción y que el fin de la misma ofrece alternativas éticamente viables a la eutanasia. Por ello, aquellos temas deben ser excluidos del debate ideológico ya que no son de derechas ni de izquierdas, y van más allá de las creencias religiosas que cada uno pueda tener. El derecho a la vida subyace y sostiene todos los demás derechos que tenemos. Es falso ese mantra del feminismo radical que pregona: «el aborto es mi derecho, la maternidad mi decisión». El que una mujer decida libremente proseguir o no con su embarazo será siempre un acto de su voluntad. Pero ello no significa que dicha elección deba convertirse en un derecho, y menos en un derecho fundamental. De lo contrario, se caería en un relativismo libertario para el cual lo importante es que la persona elija o la mera libertad de elección, y no tanto su contenido, orillando su carácter ético. Las políticas cargadas de ideología identitaria tienden a confrontar y victimizar la diferencia y casan mal con otras mentalidades que se resisten a seguir mansamente los dictados de lo políticamente correcto en pro de la armonía social. Cualquier contraataque o resistencia se zanja con un «el debate se acabó». Es la intolerancia de los 'tolerantes'. Un reciente artículo publicado en The Economist describía así la actual situación: «La plaza pública está siendo patrullada cada vez más por una policía del pensamiento que suelta los perros del escándalo si te atreves a cruzar la línea». Desde luego es incómodo ir a contracorriente, ser tachado de reaccionario, discrepar de los corifeos que te señalan con el dedo como rara avis. Por eso, aunque uno esté convencido de la verdad de su postura y viva conforme a ella, puede caer en el desánimo y el conformismo. Ya lo expresó paladinamente Tocqueville al hablar de ese «despotismo blando»: «A medida que los hombres se van pareciendo más y más, cada uno se siente más débil frente a los otros. Al no descubrir nada que le alce por encima de la masa y le distinga de ella, desconfía de sí mismo cuando los demás le combaten; no solo duda de sus fuerzas, sino también de sus derechos, e incluso llega a pensar que está equivocado si los demás lo dicen; la mayoría no tiene necesidad de forzarle: le convence».

Ello no significa aceptar ese neoliberalismo que focaliza en el individuo y en sus intereses económicos su ámbito de actuación. No somos individuos independientes que se rigen por «razones instrumentales» que llevan a resolver por el cálculo de costes y beneficios muchas cuestiones que deberían dirimirse por otros criterios. Convivimos solidariamente unidos por lazos culturales, históricos y axiológicos (valores). Por tanto, frente a ese nuevo 'establishment' que se jacta de su supremacía cultural e ideológica, reclamando sumisión y respeto, los que no comulgamos con esas ruedas de molino no debemos renunciar a pensar por cuenta propia, a dejarnos convencer por modas ni por el temor a disentir. Reivindicamos la sana costumbre de discutir con nuestros conciudadanos de modo abierto y matizado sobre los valores éticos. Lo políticamente correcto, incluso lo estúpidamente correcto, se ha hecho cultura. Se necesitan mentes lúcidas para estos tiempos de ofuscación. Está claro que en una sociedad democrática las diferencias de programas entre formaciones políticas son necesarias. La competencia es saludable. Pero hay que evitar el maniqueísmo tan presente en esos programas televisivos que llenan las noches sabatinas de un espectáculo esperpéntico de gritos, insultos y enfrentamientos ideológicos.

Confrontar ideas no implica hacer de la ideología un ariete para derribar aquello que se opone a mis convicciones. Hay que rechazar ese 'pensamiento centrífugo' que excluye determinadas maneras de pensar, expulsándolas a la periferia de los extremismos. Hoy en día la batalla cultural es más importante que la económica. Recuperemos el discurso público en el que no solo se hable de derechos sino también de deberes y de responsabilidad personal. Llenar, en definitiva, ese vacío ético que han dejado las ideologías políticas predominantes, y contrastar con libertad opiniones sobre temas tales como la familia, las formas de sexualidad, el aborto, el medio ambiente o la inmigración. Como ha escrito el historiador israelí Noah Harari, tan del gusto de esa izquierda identitaria, «los humanos sabemos muchas más verdades que ningún otro animal, pero también creemos en muchas más insensateces».