EL GUARDIÁN DE LA DEMOCRACIA

Pablo Salazar
PABLO SALAZARValencia

Pablo Iglesias andaba desorientado, enfadado con todo el mundo, con el capitalismo, los bancos, los poderes fácticos que dice que mandan más que muchos diputados (lo cual, dicho sea de paso, es una bendita suerte, porque imagínense dónde estaría España si algunos diputados mandaran más que esos poderes fácticos malvados que dan trabajo a millones de personas) y, sobre todo, con unos medios de comunicación que asegura que lo ningunean y maltratan, aunque luego no pare de aparecer en cadenas de televisión y emisoras de radio. Desde su vuelta, no hacía más que tener que justificarse por su chalé y explicar que a pesar de vivir en una mansión de lujo él no es casta porque lo que tiene (y lo que debe) se lo ha ganado con el sudor de su frente. Todo le salía mal, todos sus cálculos eran erróneos, todas sus apuestas fallidas, tal vez porque ya no consulta con nadie, porque no se deja aconsejar, porque aquellos que en un principio le rodeaban y amortiguaban su carácter e ideología han ido desapareciendo de la escena, o han sido hechos desaparecer. Si el presidente de México sorprendía a propios y extraños reclamando de España un perdón por el supuesto genocidio ocurrido hace quinientos años, ahí estaba el líder podemista para alinearse no con su país sino con López Obrador, la última excentricidad de un hombre atribulado. Pero como el náufrago encuentra siempre, o casi siempre, una tabla a la que agarrarse cuando ya parece que se va a hundir, Iglesias pudo subirse a última hora, a la desesperada, encima de la que lleva la firma del comisario Villarejo, personaje tóxico, máximo representante de las cloacas del Estado. Y a partir de ahí está intentando reconstruir un relato de mártir de la causa, de regenerador de un sistema corrupto que no duda en investigar irregularmente a quien intenta limpiar toda la porquería acumulada. La salud de las instituciones obliga a llegar al fondo del asunto, a destapar lo que sea necesario y a perseguir a los responsables políticos de una trama mafiosa. Pero que el camarada Iglesias trate de presentarse como una especie de Nelson Mandela que lucha contra los poderosos que mantienen un régimen autoritario y depravado es casi un chiste. Porque es el mismo que respalda y blanquea a dirigentes y sistemas que son, estos sí, auténticamente dictatoriales, violentos, represores, intervencionistas hasta el extremo en lo económico, hasta hacer pasar hambre y privaciones a la población, y controladores de los medios de comunicación, de tal modo que la libertad de expresión, ese gran logro de la Transición que para Iglesias no es tal, es en todos estos países una quimera. El líder de Podemos carece de la autoridad moral y del crédito político necesario para presentarse como el guardián de la democracia.