Grandeza del límite

PEDRO PARICIO AUCEJO

La felicidad humana va ligada al discernimiento de las propias limitaciones y al obrar de acuerdo con dicho conocimiento. Es el sino de nuestra condición mortal, sometida a la fragilidad de lo caduco. Así tenemos que contemplar, experimentar y admitir nuestra naturaleza: sin actitudes esquivas ni retorcidos planteamientos, como no nos atormentamos por no poder volar como los pájaros, ni nos neurotiza la inalcanzable invisibilidad del aire. Somos conscientes de que el valor de la vida está por encima de esas circunstancias, pues -sepámoslo o no- su sentido forma parte de la verdad absoluta contenida en el eterno diseño divino que atraviesa la historia.

La actitud confiada en esta omnipotente providencia nos sumerge en la conciencia de existir inmersos en Dios, de sentir su constante presencia y de aprender a ver la vida con la mirada de su misterio, a semejanza del nadador que, apoyándose en la ola que pasa, se entrega a la que viene y es sostenido por el mismo océano que parece querer tragarle. Siguiendo este símil de Garrigou-Lagrange (1877-1964), cuando nos abandonamos al océano infinito de la voluntad divina, intuimos con claridad -aunque no comprendamos con la razón- que aquello que nos acontece, si bien está escrito incomprensiblemente, lleva la letra del Creador. Con esta disposición, nuestro espíritu acoge como bueno cuanto le sucede, porque lo que recibe procede del Bien y -por ello- no puede ser sino para bien.

Así aceptó Charles de Gaulle (1890-1970) el nacimiento con síndrome de Down de Anne, su última hija, llegada a este mundo en 1928, fallecida veinte años después y a la que dedicó muestras de un afecto que no prodigó con nadie más. Ante el desánimo que acosó inicialmente al matrimonio, el militar y político francés contrapuso su convicción de que la pequeña y el amor que podían dedicarle él y su esposa era un don de Dios. A la hora de tomar decisiones familiares, el bienestar de Anne ocupó siempre el primer lugar. En la correspondencia con los más allegados, ella aparece en todo momento como la primera preocupación de su padre.

Ante la alegría y la fuerza que le infundió esta niña, poco representarían, en la íntima trayectoria personal del líder de la Francia libre durante la Segunda Guerra Mundial y creador de la Quinta República, ni su heroísmo como combatiente en varias contiendas bélicas, ni su determinación en el llamamiento radiofónico lanzado desde Londres para continuar la resistencia de su país contra Alemania, ni su intransigencia en la defensa de la dignidad e independencia de su patria, ni su imposición como jefe del ejecutivo francés en el exilio, ni su posicionamiento al frente del gobierno provisional de concentración, ni siquiera su logro internacional de devolver a Francia el tratamiento de gran potencia.

Esta hija tuvo tal importancia en la vida del general que su existencia puso de relieve la fe de éste y su idea acerca de la vida. Nacido en una familia católica, la fortaleza espiritual de la que hizo gala fue la propia de quien aprende, con sufrimiento, que la verdadera gloria a la que está llamado el hombre no es la de los poderes terrenales, sino la obtenida con el dinamismo de aquel principio interior de vida que convierte todas las cosas en signos de la presencia de Dios. De ahí surgió una visión antropológica que le hizo sabedor de la dignidad esencial del ser humano, aquella por la que cada persona -a pesar de sus limitaciones de todo tipo, unas más visibles que otras- es igualmente valiosa a los ojos de Dios.

De Gaulle fue enteramente consciente de que vivir en un mundo sometido a la adversidad no significa que carezca de significado. Por el contrario, la realidad presente tiene sentido pleno porque el transitar amoroso por ella desemboca en la dimensión definitiva prevista por Dios. Su posesión de la -llamada por Hegel (1770-1831)- 'sabiduría de la limitación' le permitió conocer que todo ser humano no es más que un momento pasajero abocado a fundirse definitivamente en un destino de permanente infinitud. Y, ante la imposibilidad de evitar las limitaciones de los demás, le capacitó para poder ver en ellos lo mejor de sí mismos.

Esto facilita entender que De Gaulle llegara a afirmar de su última hija: «Me ha hecho comprender tantas cosas... Ella me ayuda a permanecer en la modestia de los límites y las incapacidades humanas. Ella me guarda en la seguridad de la obediencia a la soberana voluntad de Dios. Ella me ayuda a creer en el sentido y en el fin último de nuestras vidas, en esa casa del Padre donde mi hija alcanzará por fin toda su dimensión y felicidad». No cabe duda de que Anne de Gaulle no solo fue un ejemplo palpable de que toda vida tiene su sentido, sino de que -como remarca el profesor Pérez López en 'Las creencias del líder de la Francia libre'- se erigió en el punto de referencia de su padre, aquel que le posibilitó hallar en la limitación la condición humilde de cualquier hombre y la clave para comprender su verdadera grandeza.

 

Fotos

Vídeos