No a la gran coalición; sí al pacto PP-PSOE

ANTONIO PAPELL

Felipe González y Mariano Rajoy, dos educados expresidentes del Gobierno, han comparecido juntos en Galicia, convocados por un acaudalado empresario, para disfrutar de su merecido protagonismo y tratar de aportar, de paso, algunas dosis de racionalidad a la desbocada política española. En el curso del debate, manejaron la posibilidad de un acuerdo PP-PSOE para desbloquear la situación si tras el 10-N no se consigue una fórmula rápida de agregación que facilite la gobernabilidad. Pero hubo matices en las posiciones respectivas. Rajoy, en efecto, recordó que, tras las elecciones de 2015 y de 2016, propuso una gran coalición, con el éxito de todos conocido (Rajoy tiene rasgos inefables de humor). González, por su parte, no fue tan concreto, y se limitó a afirmar que quienes no tienen posibilidad de formar gobierno no deberían impedir que otros lo hagan. De hecho, y como es bien conocido, González se alineó con Susana Díaz en 2016 frente a Pedro Sánchez en una operación que hizo posible la investidura de Rajoy.

Aunque de estas teorizaciones bien intencionadas y razonables a la realidad de las situaciones puede haber un abismo, sí habría que extraer de ellas un criterio que resultaría muy productivo: mientras el PP y el PSOE sigan siendo hegemónicos en sus respectivos espacios políticos, deberían ser las piezas fundamentales de la viabilidad del modelo. Sobre todo si, como parece, ninguno de los dos está dispuesto a abrir el melón constitucional para facilitar la investidura reformando el artículo 99 CE. Los partidos 'nuevos' no son de fiar, y especialmente Ciudadanos, que pretendió representar la regeneración, no ha sabido zafarse de un escandaloso oportunismo, que le llevará a los peores resultados el 10-N.

Ello no significa, ni mucho menos, que haya que ir preparando la opción de la 'gran coalición', entre otras razones porque este país no asimilaría una alianza contra natura de esta naturaleza, salvo en casos realmente excepcionales. Aquí sería difícilmente viable el modelo alemán de gran coalición. Sí sería posible, sin embargo, un pacto permanente de investidura, que ya insinuó González en 1996, cuando cedió sin forcejeo alguno la primacía a Aznar, que había ganado por muy poco las elecciones de aquel año, desistiendo de buscar pactos que con mayor o menor dificultad le hubieran permitido mantenerse en La Moncloa. Pero una vez conseguido el gobierno, los consensos deberían limitarse a los asuntos de Estado -la periódica revisión de la Lofca, los desarrollos del Pacto de Toledo, la renovación de las instituciones constitucionales, la defensa internacional de los intereses españoles, etc.- permitiendo que siguieran compitiendo como hasta ahora las dos visiones clásicas de la democracia moderna, la más liberal, con énfasis en la libertad de mercado, y la socialdemócrata, que enfatice el papel del Estado en la equidad y el bienestar colectivo.