MAX AUB EN LA GRADA

El escritor fue seguidor del Valencia durante toda su vida

JOSÉ RICARDO MARCH

Hace ahora medio siglo un envejecido Max Aub paseaba por las calles de Valencia buscando en vano la ciudad de su juventud, irremisiblemente perdida mil años atrás. A veces solo; a veces de la mano de Peua Barjau, su fiel esposa; a veces escoltado por viejos camaradas como los profesores Fernando Dicenta (durante tantos y tantos años colaborador, con excelente prosa, en estas mismas páginas, así como incontestable campeón de la raqueta en la Valencia de los treinta y los cuarenta) o Ángel Lacalle. Con la tinta del visado expedido con la aquiescencia del régimen todavía fresca en el pasaporte, Aub aprovechó para asomarse, blandiendo ante las autoridades la excusa de la escritura de un libro sobre Luis Buñuel, a un tiempo y un país radicalmente diferentes a los que él había conocido desde su llegada en plena Gran Guerra.

La experiencia de viajar, que no de volver, como él mismo se encargó de precisar, a un país que siempre consideró el suyo, resultó para Max desoladora. Si bien llegó a reconocer que algunos cambios no le disgustaban, su impresión general fue que su ciudad se había volatilizado. Halló silencio, desdenes, abandono, ausencias, librerías vacías, ríos desviados. Los interesados en seguir el rastro del escritor en aquellos días podrán hallar el crudo relato de Aub en su magnífico dietario 'La gallina ciega', un volumen de culto que, editado en México, pasó desapercibido durante años, como su autor, a este lado del Atlántico. Podado del canon literario (también lo fue del PSOE, el partido en el que militó y del que lo expulsaron debido a su filiación negrinista), resultó más que difícil seguir la pista de Aub hasta fechas relativamente recientes. Recuerdo haberme topado de niño casi por casualidad con uno de los relatos del fascinante 'Crímenes ejemplares' en un libro de texto. Y, años más tarde, con alguna línea de cortesía en manuales de historia de la literatura en los que se subrayaba su adscripción a la vanguardia -«prosista y dramaturgo del 27»- y su carácter inclasificable.

La rehabilitación literaria y cívica de Max Aub llegó gracias a una de esas acciones que justifican la existencia de negociados gubernamentales dedicados a la cultura. Tras el establecimiento de la Fundación Max Aub en Segorbe en 1988, en 2001 la Biblioteca Valenciana inició la ingente tarea de publicar las obras completas del escritor, desde sus 'Campos' hasta los epistolarios con figuras de la talla de Jorge Guillén o Francisco Ayala, entre otros. En el listado, exhaustivo aunque inconcluso, faltaba la inevitable 'Gallina ciega', que había conocido su primera edición española, casi de tapadillo, en 1995, gracias al empeño del profesor Manuel Aznar.

Retomemos el amargo texto escrito por Aub en 1969. En diversos puntos del dietario, Max parece denostar el deporte al escribir, por ejemplo, que en la Valencia de 1969 todo son bares, y en los bares, «chistes, chistes y fútbol» copan las conversaciones. «(Los españoles) ignoran la libertad (...), se apasionan por el fútbol y lo demás les tiene sin cuidado, como no sea la salud», escribe más adelante, mascando como puede el dolor de sentir la indiferencia por los valores y el legado por los que él, y tantos otros, han tenido que exiliarse.

Las afirmaciones de Aub, que podrían inducir a pensar en una muestra más del franco desprecio del mundo de la cultura por el deporte, escondían, sin embargo, un valencianismo enternecedor, empollado en los primeros días de vida del Fe-Ce y que plasmó en su obra. Así, de su Vicente Farnals dice Max en 'Campo abierto', en tres memorables páginas, que es valencianista hasta la médula y que se enamora del fútbol a raíz de un Barcelona-Valencia (disputado en Les Corts en marzo de 1925) gracias a Montes y Cubells. La pasión valencianista de Max, compartida con buena parte de la joven intelectualidad del momento, ya no le abandonaría. Muchos años más tarde, en mayo de 1966, nuestro hombre asistió al partido en el que su equipo, de gira por México, inauguró el Estadio Azteca goleando al Atlante. Me gusta imaginarlo allá arriba, convertido en un punto entre cincuenta mil almas, observando tras sus gruesas lentes el primoroso juego de Roberto, de Paquito, de Guillot. Y, como hicieron cientos de expatriados, viviendo el sueño del retorno a la ciudad añorada de la mano de los goles del Valencia. De su Valencia.