EL GRACEJO

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

El chiste en sí mismo era lo último que importaba. El verdadero gancho, la gracia, residía en su actitud seria, su tono nasal, sus muletillas al arrancar el espectáculo, la sobriedad en el gesto y ese laconismo lindando en el absurdo. Lo suyo representaba un mecanismo de relojería. Y el estilo, claro. Eugenio proyectaba sello personal y, dijese lo que dijese, provocaba sonrisas. Tenía don y duende.

Existe, en efecto, gente favorecida por una suerte de gracejo natural que les permite caer bien sin necesidad de esfuerzos postizos. Otros, en cambio, persiguen esa simpatía que el destino les negó y causan pavor. Sueltan una gracia y la convierten en una desgracia. ¿Cejan por ello en su empeño? Pues no, y encima ni aprenden ni se retiran. Esto le sucede al PP, y lo chocante es que a estas alturas todavía no ha comprendido que el humor está reñido con ellos. Lo intentan, persisten e insisten una y otra vez, pero la cagan siempre. Al PP le puede ir bien, o decente, cuando gasta la seriedad del opositor que conquistó su plaza, pero cuando hilvana su discurso de humorada de cuentachistes la fastidian. El vídeo del niño y el señor presuntamente graciosito en torno a la muerte de Sánchez el viajero peca, sobre todo, de escasa gracia. Bueno, en realidad no derrama ninguna gracia. Por si fuera poco municionan gratis total al adversario que se agarra la mar de fino al fúnebre deseo expresado. No recuerdo que se escandalizasen tanto cuando desde otros bandos se ciscan melódicamente en la familia Real, las Fuerzas Armadas o los propios militantes del PP a los que les gustaría ver muertos. Sin embargo la doble vara de medir se aplica según quién propine la pedrada. ¿Había necesidad de retuitear el chistecito? Ninguna, pero el PP en esas situaciones actúa con la grasienta memez de las bromas de mal gusto.