Un golpe de Estado a la británica

Un golpe de Estado  a la británica

En el año 1642, el rey Carlos I entró en la Cámara de los Comunes con un destacamento de soldados de su guardia personal. El Rey estaba furioso por unas decisiones adoptadas por el Parlamento y tenía la intención de detener a cinco diputados para así suprimir el debate. Ahora es el primer ministro británico Boris Johnson quien ha tomado una medida parecida para salirse con la suya, para provocar un 'brexit' duro el 31 de octubre. Por supuesto, no ha tratado de arrestar a ningún diputado, pero no hace falta. Johnson quiere suprimir el debate a través de una medida más simple: cerrar el Parlamento a cal y canto durante cinco semanas.

Es un golpe de estado muy a la británica, porque, aunque Carlos I fuera el último monarca británico que entró en la Cámara de los Comunes, desde el siglo XVII muchos de los poderes de la Corona han pasado a la rama ejecutiva del gobierno británico. Sin embargo, según los precedentes, el Ejecutivo debe gobernar con el consentimiento y en conjunto con el Parlamento, de conformidad con las normas constitucionales que están establecidas. Y lo hizo hasta ayer, con esta maniobra de Johnson.

La ironía de lo que ha hecho el líder Tory no se le escapa a nadie. Cuando hicieron campaña durante el referéndum sobre 'brexit' hace tres años, los partidarios de dejar la Unión Europea adoptaron el eslogan «recuperar el control». Hicieron una campaña durísima contra la figura del presidente de la Comisión Europea acusándole de ser un dictador. Argumentaban también que las instituciones de la Unión Europea carecían de legitimidad y escrutinio democrático. Así que la única manera de proteger la soberanía británica era poner el destino de las islas británicas en manos del Parlamento porque, entendían, solo se puede confiar en las leyes confeccionadas en Westminster, sin interferencias de la Unión Europa.

El mensaje, entonces, sonaba como una broma que ahora toma tintes de ser de muy mal gusto. Con el cierre del Parlamento británico durante cinco semanas, Johnson tendrá un control único y sin precedentes. Ninguno de los que antes habitaron en Downing Street ha tenido la temeridad de hacer lo que está haciendo. La ironía adquiere tintes aún más amargos porque Johnson no ha sido elegido primer ministro por el pueblo británico, sino por unos 160.000 militantes de su propio partido conservador después de la dimisión de Theresa May.

La gran mayoría de estos militantes son hombres, blancos, de clase media, viven en el sur de Inglaterra y su edad ronda los 65 años. Y el desprecio de Johnson al Parlamento y a los medios de comunicación que quieren hacerle preguntas sobre sus planes inmediatos de futuro es más que evidente. Durante su mandato, hasta ahora, Boris Johnson se ha sometido solo una vez a una sesión de control -de unos 30 minutes- en el Parlamento. Tampoco le gustan las preguntas de los periodistas y, al igual que el presidente estadounidense Donald Trump, el primer ministro británico prefiere comunicarse a través de Twitter y Facebook.

La próxima semana, cuando los parlamentarios regresen a Westminster, se evaluará si puede mantener a su gobierno desde el búnker de Downing Street. Por lo que parece, el presidente (o speaker) de la Cámara, el muy carismático John Bercow, está dispuesto a dar la batalla contra Boris a Johnson cuanto antes. Bercow, que habla en el nombre de la Cámara, está indignado y ya ha declarado que el intento de silenciar a los diputados es «completamente inaceptable» y que «no tiene precedentes». No cabe duda de que Berkow ayudará a los diputados a retomar el control de la agenda y el calendario de la Cámara de Comunes, pero tiene dos obstáculos que superar.

El primero es el tiempo. Incluso sin el cierre propuesto por Johnson, el Parlamento tomará un receso hasta finales de septiembre para que cada partido convoque su congreso anual. El segundo problema, y aún más importante, es la falta de consenso sobre cómo resolver la crisis del 'brexit' y cuál será el próximo paso más oportuno. Es posible que el principal partido de la oposición, el laborista, presente una moción de censura la semana que viene. Es posible incluso que algunos diputados Tory voten en contra de Johnson, pero jamás van a apoyar una candidatura alternativa de un socialista radical como es Jeremy Corbyn.

No quieren volver a sus circunscripciones y confesar a sus militantes que han participado en el derrocamiento de Johnson para instalar a Corbyn en Downing Street. Eso nunca. Pero si el próximo primer ministro no se apellida Corbyn, ¿entonces? Como suele decirse, no es posible colocar un nadie en el puesto de un alguien. Y quien sea el próximo inquilino de Downing Street, ¿qué es lo que debería hacer? A algunos les gustaría convocar elecciones generales, mientras que otros prefererían un segundo referéndum. Hasta ahora no ha habido ninguna propuesta que tenga el apoyo de una mayoría de la Cámara, pero si los diputados quieren sofocar el golpe del estado de Johnson es imprescindible que encuentren un consenso ya. El reloj corre y el futuro de la salud de la democracia británica está en juego.