Gobierno Frankenstein

Sánchez, que viaja con frecuencia a Bruselas, sabe que le va a ser difícil explicar allí que tiene ministros comunistas en su Ejecutivo

CURRI VALENZUELA

Pedro Sánchez todavía no tiene en el bolsillo los 176 votos que le proclamen presidente del Gobierno esta semana. Pero está en ello. El modelo que ha elegido es una nueva edición de aquel Pacto a lo Frankenstein, como en su momento lo calificó el desaparecido Alfredo Pérez Rubalcaba, con el que ganó la moción de censura contra Mariano Rajoy: una suma de escaños de la ultra izquierda podemista, los secesionistas catalanes, los nacionalistas vascos y los antiguos terroristas de Bildu, a los que trató ayer de convencer para que le voten, o por lo menos se abstengan, en un discurso de investidura basado en obviedades grandiosas para no molestar a ninguno de ellos.

Fue de lo más extraño que un político que pretende ser elegido presidente del Gobierno de España en 2019 no hiciera en su discurso de dos horas una mención a Cataluña, el mayor problema que tiene planteado el futuro de esta Nación. Pero, claro, no era el momento de que le fallen los votos o la abstención de ERC con los que cuenta ni de molestar a los de Puigdemont. El único objetivo de Sánchez en estos momentos es asegurarse cuatro años más en la Moncloa. Por eso acabará pactando con Podemos, como ha terminado cediendo cuando solo quería un Gobierno de cooperación, pero no de coalición.

La facilidad del candidato para elaborar discursos bonitos está archidemostrada. Hay que ver lo bien que queda presentar un mix de medidas sobre cambio climático, sostenibilidad, revolución tecnológica y feminismo, adornada con tópicos como el de no perder el tren del progreso, recordar a la última víctima de la violencia machista o asegurar el futuro de las pensiones sin mencionar de dónde se va a sacar el dinero. Muy pocos españoles no están de acuerdo en que hombres y mujeres cobren lo mismo, descienda la contaminación de sus ciudades, las grandes multinacionales paguen más impuestos o los mayores tengan asegurado su futuro.

Más allá del discurso bonito, lo que hizo Sánchez ayer fue tratar de salir airoso en el dilema al que está enfrentado: el de como pasar dos horas haciendo promesas de lo que va ejecutar sabiendo que la mayoría no se van a poder cumplir una vez que cierre los acuerdos necesarios para su Gobierno Frankenstein, que es algo en lo que va a echar el resto en las próximas horas. No, quizás, porque le guste; Sánchez, que viaja con frecuencia a Bruselas, sabe que le va a ser difícil explicar allí que tiene ministros comunistas en su Gobierno, algo que no sucede en ningún otro país europeo. Lo más parecido, el Gobierno portugués, tiene con ellos pacto de legislatura, pero sin entrar en el Ejecutivo.

A pesar de las dificultades de última hora para cerrar su Gobierno de coalición este es cuestión de horas o pocos días. Después de dudarlo durante tres meses, Sánchez ha elegido el Gobierno Frankenstein. Es el único que le garantiza el poder.