LA GOBERNACIÓN

MANUEL ALCÁNTARA

No ha habido acuerdo en las reuniones anteriores y eso permitirá que haya otras nuevas. El ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, y el presidente de la Generalitat de Cataluña, Quim Torra, compiten a ver quién llega más lejos sin moverse de su sitio. El teórico compromiso de ambos es garantizar «la neutralidad» de los «espacios públicos» después de la alocada polémica de los lazos amarillos, donde a unos no les faltan las razones y a otros se las llevan, ya que en el ámbito de la memoria histórica beben todos. Incluso los que sufren un transitorio mal de alzhéimer. El Gobierno de Pedro Sánchez abre la posibilidad de un referéndum en Cataluña sin tener en cuenta a los demás españoles ni catalanes que no han abdicado de su nacionalidad, que son muchos pero no incontables.

La táctica de la audacia sigue siendo la de saber hasta dónde se puede llegar demasiado lejos y el que sabe más de eso es Quim Torra. Ayer hizo un año desde el sonoro día que obligó a Rajoy a remover el artículo 155 para volver a dejarlo en el mismo sitio, ya que las estructuras del independentismo siguen intactas. La paranoia del independentismo no admite marcha atrás porque no cuenta con los calendarios. La revuelta catalana nos ha removido la conciencia a todos los que nos seguimos llamando españoles, mientras Quim Torra está dispuesto a llegar tan lejos como Puigdemont, lo que es mucha distancia y no la alcanza nadie para apagar el incendio catalán. La gobernación no le gusta a nadie. Ni siquiera a los gobernantes.

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