GIGANTISMO

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

Salvo por los avances en los cachivaches electrónicos que confortan nuestra pereza y atontan a partes iguales, el resto son las habituales habas contadas. En nuestra tele autonómica han recurrido a la serie estandarte de blancas alquerías para iluminar la maltrecha audiencia. Creían inventar y han reculado hacia un producto de éxito contrastado. La realidad, siempre tan tozuda. En otro orden nuestro alcalde apuesta justo antes de la elecciones por los grandes proyectos, los mondongos llamativos que despiertan la atención del personal que desfilará ante las urnas. Otro que vino con aspiraciones de inventor revolucionario y colisionó contra la cruda realidad. Tampoco es que uno milite en el bando de las martingalas enormes, pero en esta sociedad nuestra, hilvanada así por inercia y perfume de asfalto, a la mayoría le encanta el gigantismo. El ciudadano no aprecia lo pequeño, sino el mamotreto reluciente que se contempla desde la lejanía pues de ese modo abomba el pecho. Lo grande ignoro si es bello, pero desde luego conmueve porque nos transforma en seres menguantes y descubrir esa pequeñez nos humaniza y nos aferra a la vida. El cristianismo tuvo esto claro, de ahí las imponentes catedrales que siguen y seguirán en pie por los siglos de los siglos. Ribó y los suyos renunciaron al faraonismo aunque optaron por una gran obra de ramificación horizontal como los carriles bici. Pero esas vías culebrosas segregan un carácter ofídico porque se funciona a ras de suelo y la peña prefiere la obra vertical que acaricia el cielo al desafiar la gravedad. Como no sólo se nutre la persona de la bici, acaban de abrazar los magnos proyectos. Un poco tarde para cosechar emociones, me temo. La alquería luce gris y estos proyectos nadie se los cree. Estaba todo inventado pero prefirieron negar la evidencia.