EL GANADERO

JOSÉ ENRIQUE CABRERO

Miré la pantalla varias veces, para cerciorarme del mensaje. Conforme leía las palabras, su rostro me venía a la cabeza: la barba poderosa, la sonrisa imperial, la mirada fiel, el gesto tranquilo. "Fallece José Pinto, concursante de Los Lobos", repito en voz baja mientras pienso que es terriblemente injusto que se le recuerde como un simple concursante. ¿Concursante? No me da la gana. Pinto es un hombre de la tierra, pienso, Pinto es un saco de bondades, medito. "Era", digo. Y me cruje algo por dentro.

No tiene sentido que alguien a quien no he conocido en persona, que no es un artista al que admiro, me produzca este efecto tan doloroso. Al tiempo, me he dado cuenta de que hay una razón para que yo y tantos otros hayamos sufrido, sinceramente, su pérdida. Y es una razón maravillosa: era ejemplar. Así, en términos generales, ejemplar. Su forma, su pose, su transparencia, su risa. La mayoría sabemos muy poco de él, pero hemos podido ver, fácilmente, un golpe de trascendencia. Algo que, por cierto, creo que comparte con el resto de Los Lobos.

José Pinto era un hombre de campo, de la tierra. Cuando ya había ganado un dineral absurdo en '¡Boom!', decidió volverse por razones personales a su pueblo. Por eso leí la noticia esperando un "abandonó el programa por problemas de salud que no se había hecho públicos hasta ahora". Pero no. No había nada de eso. Sólo era un hombre que sabía escuchar a la naturaleza. Y la naturaleza, sabía, le recordó que no había ninguna tonelada de euros que pudiera cambiar por un amanecer más en Casillas de Flores.

Era ganadero por sus vacas y por -saber- ganar. Ganó '¡Boom!' (nunca nadie podrá decir que, al final, perdió), ganó amigos, ganó la admiración de la audiencia y ganó el respeto de programas de otras cadenas ('Pasapalabra', por ejemplo) que lloraron su pérdida. Nos ganó a todos. A todos, que hemos perdido tanto. Y eso que ni te conocíamos, José. Descansa en paz.