¿Quién gana las elecciones en un sistema parlamentario?

RUBÉN MARTÍNEZ DALMAU UNIVERSITAT DE VALÈNCIA

Pongamos por caso que nos encontramos ante dos sistemas políticos diferentes, uno presidencialista -cualquier país latinoamericano nos sirve- y otro, como es nuestro caso, parlamentario. Se presentan las mismas opciones políticas y candidatos similares, y los apoyos electorales son idénticos. ¿Podría ganar una opción distinta en un caso y en otro?

Por mucho que nos parezca extraño, así es. Al Gobierno del país con un sistema presidencialista llegaría el candidato más votado. Así funciona, salvo pocas excepciones, el presidencialismo: la personificación de la elección y el hecho de que los electores voten directamente al candidato a presidente tiene como efecto que el partido más votado -en este caso, el candidato más votado- gane las elecciones. Por eso en los sistemas presidencialistas la opción política ganadora es la más votada.

Es cierto que en algunos casos, como Estados Unidos, el resultado del voto popular es amortiguado por el sistema, que incluye un pequeño secreto: los compromisarios, y no los electores, son finalmente los que deciden quién se lleva la Presidencia. Esa es la razón por la que Hillary Clinton, con casi tres millones de votos más que Donald Trump, no pudo acceder a la Casa Blanca. Pero esa situación, decíamos, es la excepción.

El parlamentarismo es otra cosa. En el parlamentarismo (Gran Bretaña, Alemania, Italia, España...) se confía en el parlamento, generalmente la Cámara baja (aunque también hay excepciones, como el caso italiano), para que elija al jefe del Ejecutivo. Se entiende que el Gobierno debe depender del Parlamento, centro neurálgico de la decisión democrática en el que están representadas las diferentes opiniones políticas. El parlamentarismo no juega al juego del candidato más votado, sino a la búsqueda de los consensos más amplios que reflejen lo mejor posible las diferentes sensibilidades que finalmente han decidido los electores. En el presidencialismo gana quien más votos obtiene; en el parlamentarismo, quien más apoyos consigue en el parlamento.

Uno se cansa de escuchar en tertulias varias y de leer en la prensa el uso habitual e incorrecto que se realiza de la expresión «ganar las elecciones», mero anuncio de márketing por parte de quienes la usan. Habitualmente suelen identificar al «ganador de las elecciones» con el partido más votado. Terrible error, que lleva a la confusión de entender que quien «ganó las elecciones», esto es, «el partido más votado», es quien debe gobernar. Si eso ocurriera estaríamos tácitamente transformando el sistema parlamentario en uno presidencialista, lo que entiendo sería muy negativo porque romperíamos con la capacidad de crear acuerdos parlamentarios amplios para elegir al Gobierno.

No es que el parlamentarismo sea un dechado de virtudes y el presidencialismo no cuente con ventajas. De hecho, durante los años ochenta se dieron amplios debates sobre si a los países latinoamericanos les convenía o no introducir mecanismos propios del parlamentarismo en sus sistemas presidencialistas, y el resultado no fue bueno. Gracias a esta incorporación -mal diseñada e realizada sin calibrar sus consecuencias- el parlamento brasileño acabó abruptamente con el mandato democrático de Dilma Roussef, o en Perú el dictador Fujimori ha sido indultado porque la mayoría parlamentaria fujimorista chantajeó al Presidente PPK, que hizo todo lo necesario para que no rodara su cabeza. Se trata de mecanismos anómalos y extraños al funcionamiento del presidencialismo, cuyo fundamento es que el poder Ejecutivo y el Legislativo son elegidos separadamente y no cabe control extraordinario entre ellos.

Pero nosotros no elegimos separadamente al Ejecutivo y al Legislativo. Nosotros elegimos al Legislativo que, a su vez, construye acuerdos y negocia consensos para elegir al Ejecutivo. Cuando eso no es posible porque no surgen las mayorías parlamentarias necesarias para ello, se repiten las elecciones, como pasó con la reciente undécima legislatura dos años atrás.

En definitiva, ¿quién gana las elecciones en un sistema parlamentario? Ya conocen la respuesta: las gana quien es capaz de construir los suficientes acuerdos en el parlamento para que éste le otorgue la confianza para gobernar. Y ese partido puede ser el más votado o no.

Un ejemplo: si el Sr. Rajoy es Presidente del Gobierno no es únicamente porque sea el partido más votado, sino porque consiguió que otras opciones políticas, Ciudadanos y PSOE, apoyaran expresa o implícitamente la investidura del Sr. Rajoy. Esa es la razón por la que Ciudadanos y PSOE no pueden ser oposición, porque han apoyado la investidura y, por lo tanto, llegaron a acuerdos en torno a la figura del Sr. Rajoy. Si se hubiera construido otro tipo de negociación política, el Sr. Rajoy, pese a pertenecer al partido más votado, no estaría ahora mismo en la Moncloa.

Otro ejemplo: cuando escuchen a personajes de la primera fila política como la sra. Arrimadas o el sr. Girauta insistiendo en que Ciudadanos ha ganado las elecciones, ya pueden preguntarse qué es lo que falla. Ciudadanos ha sido el partido más votado en Cataluña, pero no habrá ganado las elecciones si no es capaz de consensuar en torno a él los acuerdos parlamentarios necesarios para gobernar. Y eso parece hoy en día muy lejos de conseguirse. Por lo tanto, Ciudadanos no solo no habrá ganado las elecciones, sino que las habrá perdido exactamente igual que el resto de partidos que no han conseguido formar Gobierno en Cataluña.

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