LOS GALONES

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

Soportábamos una suerte de atraso mental que cristalizaba en arrebatos cavernícolas. Las primeras papeleras jalonando las calles del pueblo provocaron bilis pues algunos consideraban aquello un despilfarro intolerable. Cualquier síntoma que nos acercase hacia la civilizada Europa se consideraba un atentado contra nuestras costumbres, como si ejercer de cochinos, de maleducados, supusiese un plus que nos diferenciase en positivo. Pero lo de las papeleras resultaba una fruslería al lado de las primeras mujeres que optaron por lucir el uniforme de la policía, agarrar el volante de un taxi o escoger la milicia como una carrera en la cual crecer. Se tomaban aquellos avances que nos trasladaban hacia la normalidad con una mezcla de condescendencia cafre y exotismo de safari africano. Qué raro, una mujer con pistola al cinto. No olvidemos que, durante la transición, buena parte de los altos mandos del ejército había combatido en la guerra civil, con lo cual tratar de cambiar algunas mentalidades equivalía a enfrentarse contra un muro de hormigón. Milans del Bosch, por ejemplo, estuvo de cadete cuando asediaron el Alcázar de Toledo, y eso, entiendo, marca. Quizá lo mejor de esto fue que obedecían fieles a Franco, así pues, cuando el 23-F, la mayoría se cuadró frente al Rey Juan Carlos y gracias a la herencia de los galones nos libramos de la catástrofe. En cualquier caso, un puñado de décadas más tarde y por méritos propios, sin cuotas, ya tenemos una mujer general y este ascenso no ha causado ninguna cerril polémica en la calle. En verdad, más allá de la breve información aportada por los medios, el hecho apenas ha disparado comentarios, lo cual indica que, por fin, en España, pese a los histéricos habituales, hemos alcanzado una sensatez, una madurez, equiparable a la de nuestros vecinos del norte.