FUTBOLISTAS SIN MÓVIL

Pablo Salazar
PABLO SALAZARValencia

Estoy desolado. Luis Enrique, el seleccionador nacional, no va a permitir que los futbolistas que acudan a sus concentraciones estén con el móvil durante las comidas. ¿Qué va a pasar entonces, qué va a ser de ellos, de sus familias, de sus seres queridos, de sus relaciones sociales? Al parecer, con Fernando Hierro el breve, algunos se lo llevaban incluso a las charlas del 'míster', y así, mientras el exmadridista les explicaba cómo sortear la férrea defensa rusa, se dedicaban a mandar mensajitos, consultar las redes, reírse con algún vídeo graciosete... Lo cual explica a la perfección lo que ocurrió después, pases y más pases y vuelta a pasar para acabar cayendo eliminados en los penaltis.

Pero es que los futbolistas son -como diría una famosa- unas personas muy humanas, con idénticos tics, vicios y malos hábitos que cualquier bicho viviente. No hay más que verlos bajar del autobús cuando llegan al estadio, con sus cascos, ajenos al mundo, a los aficionados que les insultan, les jalean o les reclaman un selfi o un autógrafo. Y ellos, como robots, con la mirada al frente, sin pararse ni un instante, sin dignarse siquiera a obsequiar con una sonrisa a la legión de hinchas que les aguarda expectantes. O lo que cuentan acerca de sus estancias en los hoteles en las interesantísimas entrevistas que conceden justo antes de los partidos y en las que vienen a confirmar lo que sospechábamos, que se pasan las horas con el móvil o jugando a la Play. Vamos, que lo suyo no es la cultura impresa.

Y el caso es que nos lo podíamos imaginar. Siempre ha habido excepciones, deportistas ilustrados a los que les ha gustado leer, o que han compaginado estudios y balón, pero no nos engañemos, son los menos. La especie más abundante en su hábitat es el futbolista tatuado hasta las cejas, con un pendientito con brillante en el lóbulo de una de sus orejas, hiperactivo en redes sociales, con comentarios tan jugosos como sus entrevistas, y cien por cien digital. Con lo que dejarles sin el teléfono aunque sea sólo durante la hora de la comida no sólo puede influir en su rendimiento deportivo sino -lo que es mucho más preocupante- constituir una flagrante violación de los derechos humanos.

Si alguno se atreviera (que no se atreverá) a denunciar a Luis Enrique ante el Tribunal de La Haya seguro que le acabarían dando la razón. En su demanda podría argumentar que si al fin y al cabo los niños pueden acudir con su móvil al colegio, si hay feligreses que no tienen inconveniente en contestar una llamada en plena misa y si los asistentes a un concierto de música clásica no son capaces de apagarlo durante hora y media, ¿por qué se van a ver ellos privados de una herramienta que prácticamente forma ya parte de nuestros cuerpos? Luis Enrique, devuélveles el móvil a los chicos, hombre.

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