Una fractura peligrosa

Si nada lo remedia, llevamos camino de que el género se sume a la ya larga lista de cosas que dividen a los españoles

CARLOS FLORES JUBERÍAS

Si hay algo que a los españoles nos sobra, aquí y ahora, son motivos de división. En un país donde en lo que llevamos de siglo las tensiones regionales no solo no se han resuelto sino que se han agravado, donde el abismo entre la España urbana y superpoblada de la periferia y la rural y despoblada del interior no hace más que profundizarse, donde la polarización ideológica es cada vez más preocupante, y donde la crisis económica devastó a la clase media y agravó las diferencias sociales entre ricos y pobres, la aparición de una nueva línea de fractura en nuestra sociedad sería la peor de las noticias posibles. Pero si nada lo remedia, llevamos camino de que el género se sume a la ya larga lista de cosas que dividen a los españoles.

Por supuesto, no estoy hablando de la tan manida guerra de los sexos que tantas -y por regla general, tan deplorables- comedias ha generado a lo largo de los tiempos, hasta que hacer broma sobre lo que nos diferencia a hombres y mujeres dejó de ser políticamente correcto. Ni tampoco de los delitos contra la libertad sexual, que siempre han existido, que nunca se han perseguido con tanta severidad como hasta ahora, y sobre cuyo castigo ninguna persona decente -ni hombre, ni mujer- alberga la más mínima reserva. Me refiero, más bien, al creciente alejamiento de posturas entre hombres y mujeres sobre cuestiones clave de la vida política española que estamos viendo arraigar de un tiempo a esta parte.

Se me dirá que esa supuesta línea de fractura no existía hasta que Vox, con su propuesta de derogar la legislación andaluza en materia de género, la creó, suscitando un agrio debate donde hasta entonces reinaba el más absoluto de los consensos. Pero una vez más, creo que Vox ha actuado no como originador de un debate inédito, sino como catalizador de uno que llevaba tiempo larvándose en nuestra sociedad, y que sólo su irrupción en el panorama político español ha permitido que aflorara en toda su magnitud.

Pero para complicar más las cosas, la reacción de la izquierda española no ha sido sino la de echar más leña al fuego. Mientras docenas de asociaciones feministas tildaban a Vox de machista y enemigo de las mujeres -cuando no de cómplice de su asesinato-, la lideresa de Podemos Irene Montero clamaba por una «revolución de las mujeres», implícitamente admitiendo que determinados aspectos del cambio político que su partido ambiciona no eran de la incumbencia de los hombres, o incluso debían ser reivindicados frente a ellos.

A mí, la idea de que España acabe teniendo -naturalmente de facto: ya que de iure sería imposible- un partido de los hombres opuesto a un partido de las mujeres me escandaliza. Pero tal vez la primera de las medidas para evitar que eso suceda mañana sería no tener hoy una legislación para las mujeres opuesta a una legislación para los hombres.