FORTALEZA

NACH0 COTINO

El pasado sábado, Albert Celades, bien porque le faltaba Kondogbia para perseverar en el 4-3-3 o bien porque había hecho una lectura apropiada de lo acontecido ante Leganés y Getafe, actuó inteligentemente devolviendo al equipo los argumentos que le habían hecho fuerte en las últimas temporadas. Volvió la seguridad defensiva, estrechó el espacio entre líneas agrandando así la sensación de bloque, recurrió al contragolpe como el arma letal que ha constituido una de las herramientas en el ADN valencianista y, además, redujo al mínimo la cantidad de pérdidas peligrosas que lo venían castigando. Y, quizá, lo mejor de todo es que lo hizo desde el mismo instante en el que el árbitro dio por comenzado el partido y no se esperó al minuto 20 para entrar en juego. El resultado: magnífico. Magnífico por los tres puntos cosechados y magnífico para que el nuevo cuerpo técnico y el plantel de futbolistas elijan ese camino a seguir. Un camino y un estilo que se puede pulir, que puede, con tiempo, ir adaptándose a la filosofía de Celades pero que nunca debería perder su esencia, no porque lo haya ejecutado uno u otro entrenador del pasado más o menos reciente, sino porque funciona. Aunque la apuesta por Celades siga siendo un riesgo importante por su evidente falta de experiencia en banquillos de élite y por traer bajo el brazo una filosofía diametralmente opuesta a lo que, tradicionalmente, ha venido funcionando en el Valencia CF, está bastante claro que ni es un caradura como Gary Neville ni un 'Iluminati' como Ayestarán, y si el catalán se muestra igual de inteligente en el banquillo como lo fue en su época de futbolista, podría salir airoso de la oportunidad que se la presentado en su carrera pese a las dificultades que entraña y pese a presentar como único aval el capricho del amo. Su discurso ha venido siendo adecuado por humilde asumiendo la necesidad de aprovechar todo lo bueno que venía haciendo el equipo pero, quizá, el subidón de Stamford Bridge le llevó a subir escalones de cuatro en cuatro. Bilbao le debería haber servido para asentar su fortaleza en el vestuario, en el club y entre la afición, pero queda en entredicho cuando ves que ante el Ajax el equipo vuelve a descuidar las ayudas defensivas para arriesgar en una carrera alocada contra la portería contraria y sin puntería. La fortaleza no siempre viene por la capacidad para cambiarlo todo de arriba abajo. La fortaleza también llega por la astucia para asimilar e incluso mejorar aquellos aspectos que han demostrado ser eficaces, sobre todo si en tu vestuario tienes la materia prima idónea para hacerlo. Nadie recriminó en su día al gran Luis Aragonés porque hiciese grande a la selección con el fútbol de toque cuando él venía de haber sublimado en toda su carrera la cultura del contragolpe. Simplemente analizó lo que tenía en el vestuario y le otorgó la carga de motivación que él sabía imprimir a sus futbolistas pera que sus virtudes se multiplicasen por 100. ¿Perdió, entonces, Aragonés su esencia como entrenador? Todo lo contrario. Agigantó más su leyenda.