FOBIA AL SILENCIO

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

Se nos acusa a los españoles de mostrar predilección hacia el griterío cuando compartimos el yantar en una de nuestras francachelas. Esto, le parece a uno, no es del todo cierto. En cualquier caso no levantamos más estrépito que los guiris en idénticas circunstancias, fíjense y observarán cómo ellos también abrazan el tono vocinglero cuando han regado las viandas con litros de sangría. Los bramidos dependen de la ingesta licorera, aquí y Mónaco.

En cambio constato el pavor que el silencio causa a algunos de nuestros paisanos y no sé si a los guiris. Hasta ahí no ha llegado mi chapucera investigación. La playa populosa que frecuento todavía mantiene la estampa de esas personas solitarias que van escoltadas por una radio disparando música, en general melodías infectas de radiofórmula que no merecen que se las califique de música. Nada tengo en contra del soporte radiero, faltaría más, lo que intuyo es esa fobia al silencio no sea que nuestros propios pensamientos nos arrastren primero hacia dudas universales y, después, hacia cavilaciones personales, tristonas. Un hombre pegado a una radio justo enfrente del mar me huele que huye de sí mismo y de sus acaso funestos razonamientos. Los graznidos manando del transistor o del telefonillo sujetan, sospecho, su precario equilibrio mental porque ejercen de parapeto contra la atroz realidad. Escuchar estos días el rumor de las olas se me antoja la mejor banda sonora para desconectar, supone ese ronroneo un regalo de los dioses mitológicos. Por desgracia no son muchos los que coinciden en este placer, por eso agreden nuestros tímpanos televisores a toda pastilla o soniquetes de radio que confirman la presencia de un Satanás en verdad maligno. Estos enemigos del silencio podrían largarse hacia el turismo tibetano ya que el rugido marino no les seduce.