Una firma digital «con el dedito»

Con lo elegante que era sacar la pluma estilográfica del bolsillo interior de la americana para estampar la rúbrica...

Pablo Salazar
PABLO SALAZARValencia

Pase con que ya no me dejen sacar mi estilográfica (que se carga con tintero) del bolsillo interior de la americana para firmar la correspondiente factura o recibo, ese momento en que el asombrado dependiente se quedaba mirando embobado y preguntaba ¡ah!, pero... ¿aún usa pluma?, como el que preguntara si es cierto que un platillo volante con marcianos acaba de aterrizar en la plaza del Ayuntamiento para visitar al alcalde (aunque si es por la tarde no lo encontrarían). Aceptamos barco con el minúsculo y casi ridículo lapicito digital o como se llame, si bien la firma en la minipantalla destinada el efecto no tiene nada que ver con la elegante, estudiada y trabajada rúbrica hecha a mano. Pero de ahí a que ya ni siquiera sea el lapicito de marras sino que directamente pasemos al dedo, eso sí que no, por ahí no paso. Porque aunque yo siempre haya creído que tenía unas finas y estilosas manos de pianista -vocación que en mi adolescencia podría haber desarrollado con indudable éxito a poco que hubiera demostrado algún interés musical más allá de sintonizar en mi habitación los éxitos de finales de los setenta y la gloriosa década de los ochenta que Arturo Blay, Amadeo Salvador, Tommy y otros locutores de la época pinchaban en Radio Mediterráneo y que escuchaba en aquel radiocassette negro Sanyo que me habían comprado en Andorra con mis ahorros de las estrenas y en el que igual grababa 'Sara' de Fleetwood Mac que 'Enola gay' de Orchestral Manoeuvres in the dark-, una cosa es tener unos dedos largos y apropiados para tocar el 'Claro de luna' y otra muy distinta hacer que mi dedo índice se convierta en un boli Bic aunque sin el caperuzón azul, que tampoco es cuestión. No es de extrañar, por tanto, que cuando el amable vendedor me dijo aquello de «firme aquí, con el dedito» como si fuera la cosa más normal del mundo (cuando no lo es), yo le respondiera sin inmutarme, «pues no sé si sabré». Y que, en efecto, una vez visto el terrible resultado (un garabato indescifrable en el que era imposible averiguar si ahí ponía Pablo Salazar o Kim Jong-un) confirmara mis sospechas de que lo mío no es la firma digital «con el dedito». Pero es que lo peor de todo no es eso, siendo ya bastante humillante vista mi incapacidad manifiesta. Lo peor es lo del «dedito». ¿Dedito? ¿Por qué dedito y no dedo? ¿Porque soy delgadito? ¿O acaso es que todos usan lo de «dedito» como los camareros te ofrecen al llegar al restaurante «una cervecita»? Bienvenidos al reino del diminutivo sin ton ni son. Una afrenta que yo traté de contrarrestar con esa fina ironía que me caracteriza (pero que mucho me temo que sólo a mi me hace gracia) cuando tras reponerme del shock del «dedito» le pregunté al dependiente si visto el montante de la factura que tenía que pagar tras haber hecho el preceptivo uso del «dedito» no me podía aplicar «un descuentito». Ni que decir tiene que el buen hombre no lo entendió.