Una final de extranjeros

El deporte nos enseña continuamente que las diferencias las marcamos los seres humanos de forma artificial

María José Pou
MARÍA JOSÉ POU

Uno de los comentarios más leídos en la jornada de ayer tenía que ver con inmigrantes y refugiados. No era la llegada de pateras o la actitud del ministro italiano de Exteriores. No había ningún otro gran barco queriendo reposar en las costas españolas o cualesquiera dispuestas a permitirle el atraque. Era cosa del fútbol. Tenía que ver con el tema del día, la final del Mundial de Rusia. En ella, se enfrentaban las selecciones de Francia y de Croacia. La primera, representada por inmigrantes de segunda generación procedentes de África. La segunda, compuesta por hijos de la guerra que sufrieron el dolor, la persecución e incluso el destierro huyendo de uno de los peores genocidios europeos, el de los Balcanes de los años 90. Algunos vinculaban esa realidad con el rechazo creciente hacia los que sueñan con una vida que pueda llamarse así. Otros exaltaban la valía de quienes defendían los colores de su tierra de acogida con más determinación y valentía que los propios.

Sin embargo, en todo eso hay algo de cierto y algo de engañoso. Lo cierto es que, en efecto, el deporte nos enseña continuamente que las diferencias las marcamos los seres humanos de forma artificial. Lo pudo comprobar el mismo Hitler en las olimpiadas de Berlín del 36 con el triunfo del atleta de color Jesse Owens. Lo vemos en cada carrera que celebra en la Valencia del running. Lo vemos en los Mundiales de atletismo, Juegos Olímpicos o cualquier campeonato global. Ni las razas ni las nacionalidades nos hacen distintos en lo esencial.

El elemento engañoso, sin embargo, es dar por válido lo que aceptamos en el deporte para el resto de actividades sociales. Lo deportivo es un mundo aparte. Bien lo saben los aficionados o los ciudadanos que comparan los contenidos y el espacio o tiempo dedicado a esa realidad en los medios de comunicación. El deporte tiene su propia dimensión. Pero eso mismo sucede cuando nos referimos a la aceptación del «otro». El futbolista fichado de Brasil para jugar en un gran club español por muchos millones no es un inmigrante ilegal. Viene con contrato de trabajo ante el que no nos sentimos amenazados y somos capaces hasta de aplaudir que no pague impuestos como toca por su servicio al fútbol. Sin embargo, cuando el inmigrante es un ecuatoriano que viene a España para dar una vida digna a sus hijos y no pretende ni embolsarse millones ni dejar de pagar lo que toca, desempeñando, por cierto, un trabajo agotador en condiciones penosas y por un sueldo de miseria, nuestra reacción es la opuesta. Ése sí nos perjudica, nos roba el pan y nos amenaza. No es una reacción ante un peligro real sino un clasismo manifiesto que no queremos reconocer y una mirada supremacista eurocéntrica que se cree por encima de Latinoamérica o de África. Al parecer, solo el fútbol redime a los extranjeros que buscan en España las oportunidades que no tienen en el suyo. Deberíamos hacérnoslo mirar.

 

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