AL FINAL, A CÁRITAS

Pablo Salazar
PABLO SALAZARValencia

Criticar a la Iglesia y a la jerarquía eclesiástica da puntos en el carné del buen progresista. Alardear de anticlerical está bien visto, forma parte del pensamiento único, de lo políticamente correcto. Si uno declara abiertamente su catolicismo corre el riesgo de ser tachado de antiguo, conservador, facha incluso. Así que para el Ayuntamiento de Valencia se convierte en un recurso fácil cobrar impuestos municipales a edificios de la Iglesia que no cumplen un uso religioso. Al fin y al cabo, pensarán los regidores de Compromís, el PSPV y València en Comú -el tripartito municipal-, el fenómeno religioso se vive España de una forma muy peculiar, con una gran participación en las manifestaciones de fervor popular (Semana Santa, la Ofrenda o el Traslado de la Virgen, el Rocío...) pero con una escasa asistencia a la misa dominical (prácticamente residual por parte de los jóvenes) y con una evidente crisis de vocaciones, por lo que el coste electoral de una medida cuya intencionalidad política está clara es perfectamente asumible para los partidos de la izquierda y el nacionalismo. El debate frío, sereno y objetivo, con datos, interesa poco. ¿Son los colegios concertados y las universidades privadas un negocio como otro cualquiera? ¿Es su fin primordial el obtener beneficios para repartir entre los accionistas o tienen por el contrario otro objeto social como es el de la educación y la formación de los niños y los jóvenes? ¿Podría el Estado atender las necesidades de enseñanza de toda la población si de repente desaparecieran todos los centros concertados y todas las universidades privadas? Hay razones en un sentido y en otro pero como siempre falta lo fundamental, la voluntad de debatir sin apriorismos ideológicos cargados de prejuicios y sectarismo. Pero sobre todo, hay una carencia que resulta indignante y es la de no tomar en consideración la labor social y asistencial que realiza la Iglesia, directamente o a través de sus entidades asociadas. Lo acabamos de comprobar con los inmigrantes del Aquarius, envueltos en una polémica internacional que amenaza con resquebrajar los ya débiles cimientos de la Unión Europea, objeto de deseo por parte de los políticos españoles y valencianos, protagonistas durante días de la actualidad informativa, recibidos en el Puerto con un despliegue mediático que contrasta con la desatención hacia tantas pateras que llegan a las costas españolas, y finalmente acogidos -muchos de ellos- en pisos y residencias de Cáritas, como por otra parte ya ha estado ocurriendo desde hace tiempo con otros refugiados. Esta es la realidad desapasionada. Mientras nuestros dirigentes aprovechan el Aquarius para hacer política de partido, Cáritas se dedica a atender a los inmigrantes. Pero eso sí, cobrar el IBI a la Iglesia es lo progresista.

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