Fiestas para vestir de luto

DIEGO CARCEDO

Cinco personas han muerto este verano embestidas por toros en fiestas populares de pueblos y ciudades de España. Ante todo, es dramático, pero también es absurdo. Las fiestas son para pasarlo bien, para disfrutar, no para vestir a las familias de luto. Es sorprendente que este dato fatídico esté pasando inadvertido sin que nadie parezca concederle mayor importancia. Es cierto que todas las víctimas han perdido la vida de manera voluntaria, por decirlo de algún modo: todas asumieron el riesgo fatídico sin más motivo que el de hacerse valientes ante un evidente riesgo como es el que proporciona ponerse delante de un animal bravo.

Valga, por todos los argumentos manoseados -que muchos no entendemos, pero aceptamos-, el mítico sentido que en nuestro país se concede a enfrentarse a las astas de un toro en una plaza rebosante de público enfebrecido. Bien mirado, cuesta entender que alguien sienta placer viendo el sufrimiento de un animal, aunque más incomprensible aún es que se goce viendo cómo un torero, por muy profesional que sea, afronte semejante peligro y salga del intento sangrando y con la vida rota. Es una tradición que a la mayor parte de los españoles no nos enorgullece a pesar de que entendamos que es parte de la cultura heredada.

Peor si cabe, que ya es difícil, es que, como ocurrió en los encierros de estos últimos meses, las víctimas sean pacíficos ciudadanos que en un determinado momento se arriesgan sin que parezca guiarles el sentido común. Es triste que muchos necesiten este género de espectáculos y que cada año van a más. Es deplorable que lejos de disminuir para dar paso a otras formas más sensatas de divertirse, cada vez hay más pueblos que, faltos de imaginación, los organizan y, peor aún, sin medidas suficientes de seguridad.

Hace tiempo vi en el extranjero una película que al parecer había sido prohibida por la censura de la dictadura en España, sobre barbaridades que se cometían con animales en diferentes países. Y España era el que más variedad ofrecía. Salí avergonzado. Las había de todo género, desde arrojar cabras desde campanarios hasta lancear toros hasta matarlos. No hace tanto tiempo una sociedad protectora de animales promovió en los Estados Unidos una campaña contra la costumbre de un pueblo manchego donde la diversión era soltar conejos por las calles, invitar a los niños a apedrearlos y regalárselos como trofeo a quien acertase a matarlos.

La avalancha de cartas y tarjetas de protesta llegó a la Embajada en Washington en decenas de sacos que un embajador de la vieja escuela ordenó ocultar en un sótano. Mi compañera Rosa María Calaf consiguió colarse por las instalaciones de la sede diplomática, tomar imágenes de aquella bochornosa protesta y ofrecerlas en TVE para que los autores vieran su crueldad y el mal que diversiones así causaban a la imagen de nuestro país.