Fichajes y traidores

JUAN CARLOS VILORIA

Nunca como ahora se ha parecido tanto el negocio de la política al negocio del fútbol. Cada vez es menos creíble aquello del amor a los colores, la fidelidad al club, o el: «Yo estoy aquí para defender los intereses de los ciudadanos». Las próximas elecciones han desbordado el mercado de fichajes y generalizado la deserción en un mundo que presumía de sostener los valores de la fidelidad y la coherencia. Iñigo Errejón abrió la veda por la izquierda y Silvia Clemente, del PP de Castilla y León, ha superado todas las marcas por la derecha. Se está perdiendo el pudor. Antes un tránsfuga era un apestado de la política. Lo de cambiar de chaqueta era un insulto y un estigma imborrable. Ahora se les llama «fichajes» como si fueran delanteros que marcan goles y les exhibe el jefe del partido al modo de estrellas rutilantes de la liga electoral. También hay casos de recorrido inverso. En el caso de la presidenta de las cortes castellanas, la señora Clemente, no se sabe si a ella le ha fichado Ciudadanos o ella ha sido la que se ha ofrecido al competidor del PP. Luego se quejan de que el descrédito ha llegado a la política. Pero hay una actitud en forma de máxima que denota otra musculatura moral. Y se justifica con este argumento incontestable: «He tenido que cambiar de partido para no cambiar de principios». Cierto. La deriva partidista, electoralista, oportunista, de determinadas fuerzas políticas ha echado de su lado a seguidores o militantes con el listón de la coherencia en su sitio. Ahí está José Luis Corcuera llevando una bandera de España por la plaza de Colón. O Santi Vila que se apeó del tren 'procés' en el último minuto. O un ejemplo de dignidad intelectual como Joseba Arregi que se fue del PNV y renunció a lo mejor del 'pesebre' nacionalista. La propaganda oficial partidaria inmediatamente les convirtió en «traidores». Como Figo para el Barça o Luis Enrique para el Madrid. Pero ahora hay más ejemplos del otro arquetipo. El del marxismo tendencia Groucho: «Estos son mis principios; si no te gustan tengo otros». Junto a los que cambian de caballo en mitad del río para buscar otro que les garantice mejor pasar, están los amateur de la política pero mediáticos por sus éxitos deportivos, televisivos o en general en el mundo del espectáculo. En este capítulo el presidente saliente ha sido campeón de los fichajes mediáticos. Aunque no con demasiado éxito para los llamados. La mecánica de estos fichajes en el fondo no tiene otro fin que ahorrarse tiempo y dinero en cultivar la imagen de un político experimentado pero desconocido para el público. En una democracia que se basa en la imagen, poner a un astronauta en el Gobierno o un Màxim Huerta o un Toni Cantó en las listas es barato y efectivo. Se trata de trabajar el ego del candidato y venderlo como si sus éxitos profesionales se pudieran trasladar automáticamente a la gestión política. Luego el resultado del fichaje es lo de menos. La mayoría sale rana. Por una u otra razón.