Festivales

Me impresionaba saber que apenas a 40 metros de la N-340 actuaba nada menos que Leonard Cohen. ¡Aleluya!

CÉSAR GAVELA

Llega el verano y España se inunda de festivales. Son cerca de 900, de todo tipo y condición, de todo tamaño, en todo lugar. Hay festivales masivos, descomunales, infatigables, y los hay humildes, situados en pequeñas villas, en aldeas incluso, por lo general cerca de un río, en un prado donde aparecen unas graciosas poblaciones efímeras de gentes alternativas, con sus estéticas y sus tenderetes, sus rastas y sus productos artesanos. Por su parte, las ciudades intermedias tratan de consolidar festivales temáticos, más ambiciosos, buscando la fama que otras urbes parejas han alcanzado, muchas veces de un modo inesperado. También hay festivales muy prestigiosos, de alto presupuesto, vinculados a la música clásica, al teatro, a los grandes conciertos de artistas muy admirados.

En nuestra comunidad, la provincia de Castellón se lleva la palma desde hace ya un cuarto de siglo, que fue cuando se celebró el primer FIB, en Benicàssim, acontecimiento que rápidamente alcanzó un ámbito continental. El FIB concitaba decenas de miles de asistentes, sobre todo británicos, y por su pasarela desfilaron los grupos musicales más famosos de Europa, incluso de América. Aparte de ofrecer actuaciones de mitos absolutos como Bob Dylan o Leonard Cohen. A mí me impresionaba saber que apenas a 40 metros de la congestionada carretera Nacional 340, en el enorme escenario, estaba actuando nada menos que Leonard Cohen. ¡Aleluya!

Ese tiempo parece que ya terminó para el FIB. Abrumado por una competencia feroz, cambiando de propiedad varias veces desde que lo vendieron sus creadores, mis paisanos del Bierzo los hermanos Morán, finalmente ha sido adquirido por los mismos organizadores de otro festival que empezó modesto y masivo, barato y descomunal, unos kilómetros más abajo, en Burriana, el 'Arenal Sound'. Un encuentro que ha desbordado cualquier previsión de crecimiento, y que, incapaz de atender a todas las personas que quieren acudir a su oferta, ha generado otro festival espontáneo a sus puertas, sin actuaciones, pero con gente con ganas de disfrutar de la vida y de la música, del tiempo y del mar. Y gratis.

Es un mundo enorme y juvenil; también de jóvenes antiguos, hoy maduros ciudadanos que siguen fieles a una mística que surgió hace justo ahora medio siglo, en aquel mítico, lluvioso y embarrado festival de Woodstock, no lejos de Nueva York. Es un mundo, en fin, que ha puesto a la Comunitat Valenciana en el mapa de Europa -FIB- y también en el mapa de España -'Arenal Sound'-. Propuestas para la libertad y el conocimiento, la música y el amor, tan propicio a esas liturgias. Mientras tanto, ya esperamos la mayor cita europea del reggae, también en Benicàssim, para mediados de mes, el 'Rototom Sunsplash'. El aeropuerto de Castellón, el del 'abuelito' Carlos Fabra, logra así justificar su existencia, al menos en el verano bullicioso.