¿FEMINAZIS? NO, GRACIAS

Pablo Salazar
PABLO SALAZARValencia

El simple uso de la palabra, la composición de un término que juega con una de las ideologías más perversas, siniestras y mortíferas de la historia de la humanidad (en dura competencia con el comunismo) debería remover la conciencia de cualquier demócrata e incomodar a toda persona con un mínimo de sensibilidad. Y sin embargo, todavía hay quien luce con orgullo un calificativo despectivo que inventaron los que están en contra del feminismo radical. Nadie puede estar, a estas alturas, en contra de un feminismo que busca la igualdad real de sexos, la equiparación salarial, la desaparición de discriminaciones absurdas, de paternalismos de otros tiempos y, sobre todo, la persecución del intolerable acoso sexual presente con frecuencia en el entorno laboral. Tampoco nadie puede ignorar y no apreciar los avances conseguidos, la progresiva incorporación de la mujer a muchos ámbitos que hace décadas le estaban vetados, desde el Ejército a la Judicatura pasando por la dirección de empresas, asociaciones o gobiernos. Pero tampoco nadie en su sano juicio puede respaldar y dar cobertura a la radicalización de una reivindicación tan justa como necesaria para modernizar la sociedad. Los discursos del odio, la manía de señalar al que osa discrepar del relato políticamente correcto (el pseudoprogresista), las acciones agresivas y violentas contra la Iglesia o contra líderes e intelectuales que no asumen el relato feminazi, la descarada utilización del movimiento por parte de los partidos de izquierdas para ganar votos entre las mujeres, el hostigamiento que los representantes políticos de formaciones de centro o de derecha han sufrido en concentraciones feministas, todo ello juega en contra del feminismo sensato, el que huye del escándalo y busca la efectividad de las acciones concretas y de las medidas legales que ayuden a acabar con la brecha abierta entre hombres y mujeres. El radicalismo, el insulto, la persecución del diferente, la demonización del hombre conservador como un machista acosador violento y misógino, no ayuda en nada a hacer del feminismo la reivindicación transversal que debería ser, ajena a ideologías, fuera del debate partidista. Las mismas activistas que claman contra la Iglesia católica porque dicen que discrimina y somete a la mujer deberían poner el grito en el cielo al ver a las musulmanas con la cabeza tapada, a veces incluso todo el rostro, porque se lo impone su religión. De no hacerlo así, de dirigir su furia sólo en un sentido (la derecha, los conservadores, los católicos...), demostrarán la indeseable politización de la causa, del movimiento, con lo que estarán contaminándolo todo, alejándolo de gran parte de la población, restringiéndolo sólo a su 'gente', que tal vez es lo que buscaban desde el principio.