Feísmo

En plena campaña electoral regresa el medievalismo, la cuchillada, la brujería y la Cruzada de las Paellas de los Niños

Francisco Pérez Puche
FRANCISCO PÉREZ PUCHE

Se estrena una nueva temporada de 'Juego de tronos' y confieso que no me hago el ánimo. Lo intenté hace años, al inicio, pero tuve que dejarlo en el primer degollamiento a la luz incierta de un país de hielo. En el cine de aventuras antiguo, la pobreza, incluso la muerte, sabía ser heroica y bella; pero llevo mal el naturalismo de ahora, ese realismo harapiento de bubones y costras del medievalismo a la moda.

Siete reinos en disputa de un trono de hierro construido con las espadas de los enemigos. Ay de los vencidos. En 2014, los productores le llevaron uno a Barak Obama y el tío se sentó sin reparos en un asiento construido sobre acero, casquería y andrajos. Imagínate si la ocurrencia la llega a hacer Donald Trump... Pero tienen razón los que dicen que la izquierda -y Barack Obama podría servir si se estira la metáfora- tiene bula para casi todo.

Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia, pero no deja de ser chocante que las elecciones de 2019, las de Pedro de Castilla o el abismo, se estén produciendo con las pantallas caseras llenas de espadones y cotas de malla, y largas colas para disfrutar esa magia de códice, escoba y pócima de Harry Potter. El medievalismo está de moda y viene vestido con estética de sayones miserables, con ropa gastada y sucia, para una sociedad que viste de oliva y siena para hacer olvidar la piscina del chalé.

El viernes, cuando vi adentrarse en la huerta a diez o doce mil estudiantes, cuando vi a otros cinco mil frente a la Ciudad de Artes y las Ciencias comiendo los despojos de sus bolsas de plástico, me acordé de la Cruzada de los Niños; veinte mil chavales hambrientos (y sedientos) avanzaron hacia Niza, campo a través, decididos a embarcar hacia Jerusalén a cualquier costa. Estos llevaban camisetas de colores y disfrutaban de la fuerza del grupo, del poder de sentirse jóvenes y compartir un afán en un mundo plano que les aburre.

Elecciones y paellas. Las tribus de «Juego de tronos» en busca del recipiente de hierro donde hierve el arroz. Libaciones y uniformes baratos. Colas en La Punta y colas en un Museo de las Ciencias que rinde homenaje, qué paradoja, a la brujería con escoba. También hay colas en las Cuevas de Paterna; la miseria de ayer convertida en circuito turístico 'fashion' de la mano mágica de Almodóvar. La basura se trasmuta en oro, Ramón Esteve amuebla las chabolas del franquismo y Ágata trasviste los sueños con piojos de ayer idealizados ahora por el cine.

Cuando hierve la política regresa el feísmo, que nunca se ha ido del todo, y los viejos pactos se rompen entre cuchilladas. El alcalde, más solo que nunca, abandonado incluso de los suyos, ha tenido que aceptar la Cruzada de las Paellas; y Valencia, una vez más, se ha tenido que curar de su fracaso haciendo virtud de lo aprisa que sabemos recoger nuestras basuras.