ESTAS SON LAS FALLAS QUE QUIERO

Las imágenes de la fiesta del año pasado ponen los pelos de punta: suciedad y caos. Que no se repita más, por favor

Paco Moreno
PACO MORENOValencia

Antes de empezar a juntar letras en esta página, echo un vistazo a los periódicos que publicamos los últimos días de las pasadas Fallas. Terrible, pone los pelos de punta pensar que esas imágenes puedan volver a repetirse con montañas de basura amontonada junto a las aceras, papeleras rebosantes de detritus y un total de 7.636 toneladas de residuos recogidas los días grandes de la fiesta fallera.

Es algo que podría incluso aumentar. No es casualidad que el récord se encuentre en las 8.000 toneladas de 2012 al caer la cremà en lunes, lo que volverá a suceder dentro de unas semanas. Es previsible para el Ayuntamiento, los hosteleros y las comisiones falleras. Es lo que tiene acoger la mejor fiesta del mundo.

De ahí el ruego, la súplica a la autoridad competente, de que este año no volvamos a oler a fritanga recalentada en Marqués de Sotelo, apenas a doscientos metros del despacho del alcalde Joan Ribó, que si se hubiera asomado por la ventana del Pompeyano (seguramente lo hizo) habría arrugado la nariz.

Para eso hay una solución bastante sencilla para la persona de la calle, seguramente compleja para los que conocen los entresijos de la Administración. Los días grandes de la fiesta, pese a ser un fin de semana, el Consistorio debe contar con todos sus funcionarios disponibles, al menos aquellos que puedan evitar la propagación de la mala imagen de la ciudad como ocurre con todo lo relacionado con inspecciones, permisos, decomisos, ¿he dicho inspecciones?, todo lo necesario para que los manteros no se sitúen literalmente en las escaleras de la Lonja o el emprendedor de turno se ponga a freír longanizas en la calle Xàtiva.

Da la impresión de que el gobierno municipal ha estado más preocupado los últimos años de apretar las tuercas a las comisiones falleras que en controlar lo que ocurre en la calle. Es bastante más sencillo, la verdad, dado que están acogidas a subvenciones y cuentan con una dirección a la que enviar los requerimientos de las multas si procede, amén de los permisos que necesitan prácticamente para todo. Límite a los puestos de los mercadillos, límites horarios para las verbenas, límites para las mesas y sillas de las terrazas de los bares, límites para los cortes de tráfico pese a que necesitan las carpas para los primeros actos de la temporada. ¿Saben cuál? Generar unos escuálidos ingresos añadidos con las cenas de los falleros de honor.

Todo eso está muy reglado y las infracciones perseguidas, mientras que lo sucedido en la vía pública forma parte de otra ciudad, aquella que se convierte en un urinario gigante porque, una vez más, los poco más de 200 contratados por el Consistorio serán insuficientes.

Y lo dice alguien, servidor, defensor de que las fiestas sean multitudinarias, abiertas y las más transversales posibles (esta última palabra no sé si la aplico bien, estoy practicando el nuevo lenguaje político). Hay que respetar de la misma manera al que decide comprarse un bocadillo de calamares en un bar y sentarse en el bordillo de la acera como al que tira de tarjeta para comer de mantelería fina. Seguramente porque he comido muchos calamares (y los que me quedan), aprecio a las familias que deciden dar una vuelta por el centro y disfrutar de la fiesta más barata del mundo, considero que la Administración debe echar el resto y estar a la altura.

Lo que ocurrió este sábado por la noche en la Marina no es un buen precedente. El entorno de la dársena colapsado de conductores atrapados. El transporte público a rebosar y con quejas de los usuarios, como ocurrió en las estaciones del tranvía y las paradas de la EMT, donde lo normal era encontrarte con autobuses marcados con el cartel de completo.

Y no hablo de unos minutos, sino de un colapso que duró dos horas pese a que, de nuevo la misma palabra, era previsible. No basta con poner la valla y un policía local para impedir que pasen los conductores, hay que ofrecer una alternativa de movilidad a los que acuden al lugar de la fiesta.

Quedan 13 días para la primera gran prueba, el fin de semana en el que la iluminación de Ruzafa atraiga a decenas de miles de personas y las fallas de Especial comiencen a sacar piezas a sus demarcaciones. Poco plazo para mejorar lo que ya se ha planificado, en un año donde el foco está más puesto en la seguridad que nunca.

Hay que acostumbrarse a los itinerarios cortados, las furgonetas policiales atravesadas en las calles con más afluencia y ver pasear a los agentes con armamento de guerra. Para ellos las máximas facilidades porque es por la protección de todos. Que no vayan sorteando la basura en sus patrullas.

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