FALLAS CUESTIONADAS

Pablo Salazar
PABLO SALAZARValencia

Si para hacer balance de las Fallas se le pregunta a un fallero de una comisión de barrio, de los que hacen vida en el casal y la semana de fiestas se la pasa metido en la carpa excepto cuando sale para participar en la Ofrenda, su impresión seguramente será muy positiva: el tiempo ha acompañado, no nos ha llovido, no ha habido que registrar incidentes, lo hemos pasado en grande. Por contra, en las fallas del centro, del Ensanche y de Ruzafa, en aquellas que dependen en gran medida de la afluencia de público, el juicio igual no es tan favorable: claramente, dirán, ha habido menos gente, no sabemos por qué. Y si se requiere una declaración de las fallas de Especial o de la hostelería, no tanto de sus portavoces y representantes como de los dueños de los establecimientos, la conclusión más probable será que no han sido unas buenas Fallas. El debate se puede obviar, que es lo que en realidad se viene haciendo desde hace muchos años, pero no por ello va a desaparecer el problema. Y el problema se reduce a saber qué modelo de fiesta queremos. No sería justo fijarnos únicamente en la verbena que se monta junto a la Lonja para hacer ver que por ese camino es imposible pretender que el turismo de calidad aterrice en Valencia, que los restaurantes y los hoteles se llenen y que los visitantes se marchen con una buena impresión. No sería justo porque excesos se cometen en muchos puntos de la ciudad, aunque ninguno tan emblemático y necesitado de protección como el triángulo de oro que forma el citado edificio (único Patrimonio de la Humanidad con que cuenta el cap i casal) con el Mercado Central y los Santos Juanes. La mayor parte de las comisiones falleras se han convertido en una especie de club gastronómico y de eventos que durante la semana fallera se reúnen a almorzar, comer, cenar, beber y bailar en una gigantesca carpa montada en mitad de la vía pública. El monumento es una excusa, poco más que un trámite molesto que hay que cumplir para tener todo lo demás. A su vez, las grandes precisan de un gigantesco montaje de chiringuitos, churrerías y mercadillos que financien sus fallas. Y el Ayuntamiento, antes y ahora, mira para otro lado y se muestra incapaz de ordenar una fiesta que se le ha ido de las manos y que va a ser muy difícil de reconducir. Yo, por mi parte, me hago todos los años el firme propósito de no volver a escribir de las Fallas para no quedar como el aguafiestas que pretende imponer restricciones a las ganas de pasárselo bien de muchos valencianos. Y no es eso, claro está, es simplemente el deseo de contribuir a unas Fallas mejores, más limpias, más respetuosas con el patrimonio, los jardines y el mobiliario urbano, un propósito que debería liderar un Ayuntamiento ausente. Salvo cuando hay que opinar de los jurados de Especial.