La explosión, el destino y el móvil

Preferimos el relato filtrado por el móvil a participar en la realidad, aunque esta nos exija implicarnos de forma urgente

VICENTE GARRIDO

En la trágica muerte de Laura Sanz, la toledana que murió en París la semana pasada, se ve la mano invisible del azar trágico. Ella se estaba vistiendo delante de la ventana que daba a la pastelería que voló por los aires como consecuencia de una fuga de gas. Su marido, que estaba en la cama, fue alcanzado por la onda expansiva pero no sufrió lesiones graves. Un fin de semana romántico se convierte en un velatorio. El padre de Laura expresó con claridad meridiana el hilo del que pende la vida de cualquiera: «Dos minutos antes, mi hija estaba en la ducha y no le hubiera pasado nada. Dos minutos después, él se hubiera levantado ya y....» ella ya no estaría en ese fatídico lugar, es decir, estaría viva.

Poco podemos hacer contra el destino, pero hay otro hecho -y otra declaración- en este suceso que merece nuestra reflexión. Luis Miguel, el marido de Laura, se puso a gritar pidiendo auxilio, y a continuación la llevó en volandas hacia la calle para que la socorrieran. ¿Qué pasó? Continua el padre: «Todo el mundo estaba con los móviles grabando y nadie les socorrió, hasta que a mi yerno se la quitó de los brazos un bombero, que le hizo un masaje cardíaco hasta que llegó la ambulancia».

Recuerdo que en alguna ocasión se ha suscitado un debate entre los profesionales del periodismo gráfico, así como en la sociedad, acerca de si un fotógrafo ha de quedarse sin hacer nada salvo su trabajo (fotos que en ocasiones obtienen premios de gran prestigio) cuando está siendo testigo de una escena donde la persona fotografiada está inmersa en un estado de necesidad. Es un asunto espinoso que solo puede contestarte caso a caso. Si hay otras personas que ya están socorriendo al infortunado, el fotógrafo puede que no añada un plus de auxilio, pero probablemente hay casos con claroscuros, donde uno no sabe a ciencia cierta qué va a pasar... En todo caso, no me cabe duda de que en una situación de urgencia inequívoca todo profesional dejaría su trabajo de lado para socorrer.

Pero lo de París es harina de otro costal. Aquí estamos ante el periodista sobrevenido al que le importa más ser el portador de la tragedia que el auxiliador anónimo. La imbecilidad (pues no otra cosa merece esta moda) de poder sorprender a nuestras amistades y presumir de que «estábamos ahí» nubla el sentido de la solidaridad e inhibe la tendencia innata de toda persona a prestar auxilio cuando un hombre lleva en brazos a una víctima y pide socorro. Preferimos el relato filtrado por el móvil a participar en la realidad, aunque ésta nos exija implicarnos por la urgencia que reclama. No quiero generalizar; la gente se moviliza en momentos críticos y ayuda... pero no siempre. En ocasiones el móvil suplanta a la persona, y grabar y compartir algo 'impactante', aunque otorgue muchos 'likes', no nos deja en buen lugar.