Exigir

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

Tanta tabarra con la contaminación de los coches desde las pulcras administraciones que derraman ecología caviar pero no ve uno en sus bellos parques móviles vehículos eléctricos de susurro limpio y runrún de amor. Lo mismo con algunos autobuses de sus flotas de transporte público que son viejos como la tos. Nos exigen la pureza que no se aplican. Pretenden los paladines de las buenas costumbres y otras correcciones aplastantes erradicar los abultados resultados de los partidillos infantiles, esos quince a uno o veinte a dos, por aquello de no traumatizar al bando de los pequeñuelos perdedores. No comprenden que esas derrotas, por disparatadas, escuecen un par de veces pero luego curten y blindan a base de humor. Lo sé por experiencia. En cualquier caso, la propuesta suena elegante, educada, 'modelna'. La idea por supuesto parte desde los adultos, que la chavalería no alcanza para estos menesteres y es de memoria corta. Sin embargo, de nuevo, observamos ese principio por el cual tendemos a exigir lo que más tarde no cumplimos. Los adultos rara vez segregan donaire y cortesía cuando pierden. El cambio de régimen en Andalucía así lo demuestra. Cuando el nuevo presidente mencionó a los asesinados por ETA, desde la oposición no aplaudieron. Durante el acto, el semblante de la exsultana homenajeó la seriedad de Buster Keaton. Y la jefa podemita aprovechó la ocasión para acusar de perfidias cafres a los Reyes Católicos y, por lo tanto, a sus fieles herederos del tripartito derechista. Negar el esplendor de superpotencia que nos acompañó durante aquel tiempo revela, más allá de la mentira, un notable analfabetismo. Allá ella. Los niños olvidan su partido fracasado mediante la merienda. Los políticos arrojados de sus poltronas se nutren del resentimiento que les morderá para siempre el corazón.

 

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