La exigencia del titular

MIQUEL NADAL

No seré yo el que asuma el papel de fiscal ni el de abogado defensor del Tribunal Supremo en relación con el sujeto obligado al pago del impuesto sobre actos jurídicos documentados. La cuestión va más allá de la posible y legítima opinión en la materia. Se puede opinar sobre casi todo, pero yo la verdad, sin ser ingeniero, no podría efectuar un análisis de eficiencia energética, ni evaluar un proyecto de un puente como si supiera de pruebas de carga o resistencia de materiales. Esto lo suscribe alguien del gremio jurídico al que tener esa opinión fundada le costaría días y días de análisis de la competencia, los antecedentes de hecho, la normativa aplicable y los fundamentos de derecho, y aun así comenzaría su lenta exposición con un prudente «me parece». El me parece es la piedra filosofal, el alfa y omega de las sociedades que no caen en la tiranía. Es por eso que resulta preocupante, cuando se habla de la Justicia, toda esa orgía de reflexiones apresuradas que se manifiestan sin leer las sentencias, sin conocimiento de los temas, sin prudencia metodológica, plagadas de indigencia intelectual, de naïvité doctrinal y de demagogia ideológica que analizan la realidad y el funcionamiento de las sociedades como si fueran cuentos medievales de ricos y pobres, malvados y tiranos, Robin Hood, el bosque de Sherwood, el sheriff de Nottingham, Lady Marian y Ricardo Corazón de León. Si la justicia no te da la razón aplicas el relato de consolación que siempre cuenta con un malvado rey Juan en contra del pueblo. Las limitaciones intelectuales de esta construcción argumental parecen inconcebibles en pleno siglo XXI pero se han visto estimuladas por el papel de los medios de comunicación y de las redes sociales en la creación de la imagen colectiva de las opiniones sobre los temas. Cuando en una tertulia de radio o de televisión, o en una rueda de prensa, o una persecución de micrófono al político se exige de inmediato de los participantes un titular, una valoración que resuma la opinión, se ahonda en la creencia de que los temas son sencillos, que es posible reducirlos a doscientos caracteres, y resulta posible situarse frente a ellos sin necesidad de reflexión ni análisis de la materia. Es la tiranía de la opinión inmediata, huérfana de cualquier prudencia. El resultado son esos titulares o esos tuits más propios de la contaminación semántica de la competición deportiva o de un derbi futbolístico, que del análisis sereno: gana la banca, empate en el Supremo. Llegará un día, no se descarte, que en materia jurídica alguien acabe por pedir la aplicación del VAR, como remedio de errores y rectificaciones en normas, autos y sentencias. Cuando por conocimiento gremial uno ha escrito algo después de mucho estudio, dudas, análisis y prudencia, y ha visto la valoración de la decisión se da cuenta de lo infantil, fácil, terrible y antiguo que resulta refugiarse en el bosque de Sherwood.

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