EXAMEN DIARIO

María José Pou
MARÍA JOSÉ POU

Siempre me ha gustado conducir, pero últimamente voy muy tensa. Todo empezó el día que recibí una multa por pasar de 50 a la entrada de Valencia. No iba muy deprisa -ni en carretera- pero el coche estaba a punto de calarse si intentaba mantenerlo a raya un domingo temprano por una Avenida del Cid totalmente vacía. El efecto fue inmediato. Desde entonces siempre que voy al volante me paso el rato mirando el cuentakilómetros con susto y prevención para que no se mueva ni un milímetro. Es tan fácil pisar de más en algunos tramos de las grandes avenidas que casi agradezco el momento en el que pillo delante de mí a un conductor novel de esos que circulan en segunda por miedo a perder el control del vehículo. Cuando lo encuentro, en lugar de esquivarlo, como hacemos todos al ver una 'L', me sitúo detrás de él y así me aseguro de que voy al paso previsto por las normas municipales. Aproximadamente, a ritmo de procesión de Viernes Santo con banda de cornetas y tambores. También llevo un avisador legal de radares por si se me va el santo al cielo. Y al cielo se ha ido exactamente con la incorporación de drones por parte de la DGT para multar en carretera. Ahora sí me siento vigilada por tierra, mar y aire. Tengo la sensación de estar pasando el examen de conducir cada vez que me subo al coche y eso que yo soy muy legalista y hasta me incorporo al Puente de Aragón dando la vuelta al primer tramo de jardín de Jacinto Benavente cuando llego desde el Paseo de la Ciudadela. Creo que soy la única que lo hace. Conducir ha dejado de ser relajante y agradable incluso para los muy cumplidores. Supongo que es la estrategia para desincentivar el uso del coche: hacernos pasar un suplicio al volante.