Evocar a Barberá

Utilizar su nombre puede hacerles perder a los votantes convencidos de que Rita fue una buena alcaldesa y el PP la abandonó

Mª JOSÉ POU AMÉRIGO

Es política. Simplemente política. Y nadie lo ha resumido mejor en estos días que Pablo Casado durante la presentación de los candidatos populares en el Oceanográfico. Si quisiéramos parafrasear una célebre expresión de uso común emplearíamos la acuñada por Bill Clinton durante su campaña contra Bush: «Es la economía, estúpido», que fue un modo de sintetizar la clave de sus discursos.

En este caso, podríamos aplicarla para contextualizar el uso de la imagen de Rita Barberá en la campaña de Mª José Catalá para la alcaldía de Valencia. «Es la política, cretino». Pura política. Y ciertamente entristecedora. Primero, porque Catalá es una buena opción frente a otras alternativas en un PP valenciano diezmado, cuestionado y sin recomponer. Segundo, porque la exconsellera no necesita tomar el estandarte de Rita para prometer una buena gestión en la alcaldía, sino construir el suyo propio teniendo en cuenta, además, que ya ha sido alcaldesa, en este caso de Torrent. Es nuestra Manuel Valls, que lo mismo te gobierna un país que otro. Y, tercero, porque entiendo la postura de la familia ante lo que me parece una asombrosa rehabilitación tardía y no pedida de la imagen de Barberá.

Rita cometió muchos errores, tuvo fallos en la gestión, permitió comportamientos alrededor que debía haber atajado y permaneció en su cargo cuando todo aconsejaba que lo dejara. Son muchos los reproches que pueden hacerse a esos años, pero lo que no se puede negar sin faltar a la verdad es que tenía un carisma que ni Catalá, Bonig y Casado juntos tienen todavía. No hay que descartar nada pero están muy lejos de conseguir lo que representó «la alcaldesa de España», como la llamó el mismo Rajoy que la repudió.

Venir ahora a evocarla después de haberla negado tres veces sin el arrepentimiento de San Pedro que lloró amargamente al darse cuenta de que se había cumplido la traición anunciada por Cristo es casi lo más indignante del caso. Y digo casi porque lo realmente asombroso, cuando no insultante, es que Casado eche la culpa a Ciudadanos de haberles presionado para expulsar a Rita del partido en aras de la gobernabilidad que, en castellano, significa mantenerse en el poder. No la expulsó Ciudadanos, la expulsó el PP. Y lo peor no es ese gesto, sino lo que dice sobre el modo de funcionar del partido. Si lo creyeron injusto entonces, decirlo ahora solo muestra lo que puede esperar un militante fiel de su partido: que no le defienda cuando más lo necesita. Si, por el contrario, lo encontraban justo, ¿a qué viene ahora reivindicar su figura? Tiene razón la familia en mostrarse molesta. Utilizar su nombre para ganar a los votantes perdidos puede hacerles perder a aquellos que siguen convencidos de que Rita fue una buena alcaldesa y el PP la abandonó. No sé si les votarán pero lo que tengo claro es que no se harán militantes de un partido que antepone la estrategia política a la pura humanidad.