Una Europa más alemana

JOSÉ M. DE AREILZA

La Unión Europea prepara las elecciones al Parlamento de Estrasburgo en mayo, consciente de que esta vez distan mucho de ser un trámite. El voto de las formaciones anti-europeas podrían crecer hasta el punto de convertir a esta Cámara en un actor reticente a la integración, en contra de lo que ha sido desde 1979. Si se produce este resultado adverso, solo una coalición firme de los tres partidos moderados -liberales, socialistas y populares- podría servir de dique de contención. Tras los comicios, se abrirá en otoño un nuevo ciclo político europeo, con una Comisión posiblemente con miembros de partidos extremistas y muchos frentes abiertos. En este contexto preocupante, dos líderes europeos han hecho sus propuestas para fortalecer la Unión. Emmanuel Macron ha sugerido un «renacimiento europeo», a partir de políticas que se inspiren en las ideas de libertad, protección y progreso. El presidente francés sigue siendo uno de los pocos dirigentes capaces de mirar a largo plazo. Pero con la crisis de los 'chalecos amarillos' se ha vuelto más cauto y ya no repite sus primeros discursos sobre soberanía europea. Apuesta por el control riguroso de las fronteras e incluye con realismo al Reino Unido en cualquier iniciativa de defensa europea. Para no molestar a Alemania, no dice nada apenas del rediseño de la moneda común, más urgente a medida que las noticias económicas empeoran.

Desde Alemania no ha sido Angela Merkel, sino su sucesora al frente de la CDU, Annegret Kramp-Karrenbauer (AKK), la que ha trazado el rumbo posible para la Unión en horas bajas. La política germana sigue la senda de realismo de su maestra. También hace gala de atlantismo, una de las señas de identidad del centro-derecha alemán, incluso con Donald Trump en la Casa Blanca. AKK no quiere hablar de compartir riesgos financieros dentro del euro, más allá de la solidaridad expresada en los distintos rescates durante la crisis de la moneda común. Rechaza la idea de que los problemas se solucionan con más transferencias de poder a las instituciones de Bruselas y critica el centralismo comunitario. No acepta que haya buenos y malos europeos.

Sin embargo, está dispuesta a actuar para proteger el modo de vida europeo, basado en el imperio de la ley, la democracia, las libertades individuales y el Estado del Bienestar. En lugar de una narrativa de progreso, prefiere proteger el presente y los logros obtenidos conjuntamente por los europeos desde la Segunda Guerra Mundial. Con esta finalidad, está abierta a frenar el nacionalismo chino y las amenazas rusas, aunque no necesariamente fomentando la mayor unificación del continente. Es una visión en el fondo muy alemana, pero también muy británica. La ironía es que justo ahora que los ingleses preparan la salida de la UE, el modelo de integración que propone la política destinada a continuar la obra de Merkel seria bien recibido por la mayoría del Parlamento británico.