La estrategia americano-saudí

El Gobierno Trump intenta la cuadratura del círculo: relación privilegiada con Arabia Saudí y sus socios regionales, conservar un Irak manejable y ejercer como hermano gemelo de Israel

La estrategia  americano-saudí
ENRIQUE VÁZQUEZ

Mientras una imponente fuerza aeronaval norteamericana pasaba el miércoles el estrecho de Ormuz y avanzaba en el Golfo Pérsico, Washington asumía un tono muy amenazante en sus comunicados anti-iraníes y el secretario de Estado de Estados Unidos, Mike Pompeo, utilizaba su gira por Europa para vender una mercancía que casi nadie compra: toda la culpa de la tensión es del régimen iraní, pues de eso se trata, y estaría bien liquidarlo, si se puede, porque está durando demasiado. Dura exactamente desde que una revolución con fuerte respaldo social derribó al último sha de Persia en febrero de 1979. Aunque sin mucho aparato informativo, por aparente acuerdo de las partes, las reuniones previas de Pompeo con su colega ruso, Serguei Lavrov, en la ciudad costera y vacacional de Sochi, en el apacible Mar Negro, parecen haber sido algo más sustanciosas y eventualmente prácticas que su encuentro con Vladimir Putin, en un evidente esfuerzo de la parte rusa por presentar esta sesión como de mera cortesía, pero no de naturaleza estrictamente política y de trabajo... porque el nivel de aquellas es ministerial -Asuntos Exteriores- y Putin es jefe de Estado.

Como tal presidente, él se limitó a cumplir estrictamente y con oficio su obligación, pero, como cabía esperar, no hizo el menor gesto que pudiera ser genuinamente interpretado como de mera comprensión de la preocupación norteamericana por el auge regional del Irán shií. La última lección al respecto ha sido la victoria obtenida por el régimen sirio con la inestimable ayuda de Moscú y Teherán en la terrible guerra civil en Siria en medio de interferencias internacionales explícitas y que, en definitiva, han reforzado el papel de Irán como insoslayable potencia regional.

En lo que fue una atención en cierto modo rutinaria con lo que Pompeo llama gustosamente nuestros aliados, el secretario de Estado había repartido el lunes informes de la CIA sobre Irán a sus colegas británico, francés y alemán, como si no hubiera pasado nada relevante hace exactamente un año. Trump ordenó entonces abandonar la adhesión norteamericana al Tratado sobre control de la actividad nuclear iraní que había abonado y negociado el Gobierno Obama, fue respaldado unánimemente por los países de la OTAN y todos los aliados tradicionales de Washington y, además, por completo respaldado por la Agencia Internacional de Energía Atómica.

La cruda instrumentalización del hecho era parte, en realidad, de una reconsideración general de la situación en el Oriente Medio visto como un todo, desde el estrecho de Tirán hasta la frontera egipcio-libia y desde Siria hasta Yemen. Y es obvio, además, que las crisis regionales y los difíciles procesos políticos en curso, singularmente los de Siria, Líbano, Yemen y, desde luego, la cuestión palestina son analizados y gestionados por Washington en estrecha colaboración con Israel.

Arabia Saudí pudo sentirse periclitada bajo la administración demócrata precedente, aunque Washington no hizo un solo movimiento de desdén o injerencia en el régimen sunní-wahabbí de la familia al-Saud. Obama se atuvo, como es de tradición, a la estable y útil relación bilateral que se abrió nada menos que bajo el presidente Roosevelt en su histórico encuentro con el rey Saud, fundador de la dinastía, a bordo de un buque de la Armada norteamericana el 14 de febrero de 1945 en el Mediterráneo oriental cuando terminaba la II Guerra Mundial y se vislumbraban cambios regionales y, desde luego, la confirmación de los Estados Unidos como la potencia indispensable.

En este contexto, que relaciona una actualidad a menudo meramente táctica con la tradición solvente que remite a una visión crudamente estratégica, el Gobierno Trump está intentando la cuadratura del círculo: mantener la relación privilegiada con Arabia Saudí y sus socios regionales, los Emiratos Árabes Unidos, Kuwait o Bahrein en cabeza, conservar un Irak manejable, aunque crecientemente normalizado y, como tal, cada día más autónomo... y, al mismo tiempo, ejercer como el hermano gemelo de Israel. Un pequeño ejemplo muy reciente es la inaceptable sorpresa que dio Washington a los árabes hace muy pocas semanas cuando Trump, casi se diría que por su cuenta y riesgo, hizo saber que consideraría también suelo bajo soberanía israelí los Altos del Golán, sirios según la convicción internacional y las Naciones Unidas. Hace falta mandar mucho y estar muy desinhibido para hacer eso.