Una de espías

MARÍA RUIZ

Desde que los llamados 'esclavos' del antiguo Cesid tuvieron los santos bemoles de pinchar una conversación del entonces jefe del Estado en la que confesaba a un amigo íntimo su amor por una mujer que no era la suya y otras veleidades más indolentes, el mundo del espionaje se ha desbocado. Entonces, comienzo de los años noventa, aquella escucha le costó el puesto a un vicepresidente del Gobierno, a un ministro, el de Defensa, y al entonces director del servicio secreto. Pero quedó también la evidencia de los excesos del Cesid y de las guerras internas entre mandos militares de la Casa. Años antes, el Mosad y la CIA les habían aleccionado sobre cajas fuertes y micrófonos. Hoy consiguen que cualquier objeto cotidiano imaginable sea un utensilio de vigilancia. Por eso, nuestros servios secretos actuales lo mismo te pueden captar una opa secreta entre bancos, que robar un móvil en un centro comercial para espiar al líder de un partido incómodo para el Ejecutivo.

En este aspecto, alguien podría decir que deberían mejorar, para evitar ser acusados de antidemocráticos y de estar al servicio del Gobierno de turno; porque, a veces las órdenes judiciales para los seguimientos ante la sospecha de delito, ni están, ni se las espera. Claro que algunos pensarán que es una ingenuidad confiar en que los servicios secretos de todo el mundo sólo hacen informes contraterroristas o análisis y pronósticos sobre crisis internas. «Scientia potentia est», añadirán.

Kim Philby, considerado uno de los mejores agentes de la historia, espió a Franco para los rusos bajo la identidad de un supuesto periodista; incluso ideó un plan para asesinarle. Su tapadera resultó ser tan convincente y sus crónicas gustaron tanto al dictador, que él mismo lo condecoró. Cualquier etapa puede tener su Kim Philby...