«LA ESPAÑA PLURINACIONAL»

Pablo Salazar
PABLO SALAZARValencia

Adriana Lastra, la número 2 del PSOE, comentaba eufórica el pasado martes el buen resultado que el CIS de Tezanos pronostica para el partido de Pedro Sánchez: somos los únicos -vino a decir- «que obtendríamos representación tanto en la España interior», donde Podemos, Ciudadanos y Vox apenas consiguen diputados, «como en la España plurinacional», donde el PP tiene una presencia testimonial en comunidades como el País Vasco o Cataluña. Ya el concepto de «España plurinacional» en boca de la representante de una formación que no dudó en recurrir a los votos de fuerzas soberanistas con tal de tirar al anterior presidente del Gobierno y asaltar la Moncloa produce pavor. Pero, además, surge la duda y la inquietud por esa extraña distinción que traza Lastra entre «España interior» y «España plurinacional». ¿Cabe entender, siguiendo con esta forma de dividir España, que regiones costeras como Murcia, Asturias o Cantabria, por no hablar de la misma Valencia, de Andalucía, de Baleares o de las Canarias, son naciones? No da la impresión de que en todas ellas exista ese sentimiento 'nacional' que parece atribuirles la dirigente socialista. A su vez, en la «España interior» ¿habría que incluir a la Comunidad de Madrid, donde todos los partidos obtendrían diputados, o, por el contrario, Madrid formaría parte del grupo de la «España plurinacional»? Son sólo denominaciones, conceptos políticos sin valor jurídico, pero es sabido que las palabras tienen una fuerza, unos efectos y un recorrido que va mucho más allá de su estricto ámbito de aplicación.

Esta idea de la «España plurinacional» salta a la palestra justo cuando otras voces socialistas -como la de Felipe González- insisten en que la mejor solución (en realidad, la única) para la organización territorial del Estado es avanzar hacia un modelo «federalizante», una vía que permitiría reconducir el conflicto catalán hacia aguas menos revueltas, donde sea posible algún tipo de entendimiento con los independentistas menos radicales. Una visión tal vez demasiado optimista y que no parece tener en cuenta que la hoja de ruta del secesionismo catalán no admite otro final que la ruptura, con o sin referéndum, por lo que cualquier tipo de acuerdo con el Estado se antoja poco menos que imposible. Cataluña, el 'procés', lo condiciona todo, marca la campaña electoral, pero el debate territorial no logra alcanzar un nivel en el que se atisben auténticas soluciones de futuro que puedan resultar del agrado de una mayoría. Todo gira en torno a propuestas maximalistas, como la aplicación del artículo 155 de la Constitución, sin aportar más alternativas, o la simpleza de la «España plurinacional», que como concepto geográfico, político e histórico deja bastante que desear.