¡Qué escándalo! Aquí se juega

Sánchez ha hecho de la supervivencia la única norma ética de su conducta, y del juego a dos barajas su estrategia habitual de acción

CARLOS FLORES JUBERÍAS

Se cierra este café hasta nuevo aviso. ¡Salgan inmediatamente! - ¿Con qué derecho me cierra Vd. el local?

- ¡Qué escándalo! He descubierto que aquí se juega.

- Sus ganancias, señor...

- ... Muchas gracias. ¡Todo el mundo fuera!

¿Quién no recuerda en la mítica Casablanca el forzado gesto de aprensión del Capitán Renault, cliente más que habitual del bar de Rick, al verse obligado a buscar una excusa para cerrarlo después de que los alemanes, a quienes como dócil colaboracionista servía, hubieran quedado desairados por una multitud de patriotas que entonaba La Marsellesa?

No muy diferente, intuyo, que el que la semana pasada se vio obligado a fingir Pedro Sánchez, al tiempo que los tambores de guerra empezaban a sonar desde la Plaza de Colón de Madrid, cuando decidió aparcar -seguramente, también «hasta nuevo aviso»- su polémica ocurrencia de nombrar un relator para dar fe de sus conversaciones con la Generalitat de Cataluña.

- ¡Qué escándalo! ¡Qué escándalo! He descubierto que aquí se pide la independencia.

Y es que como el cínico Capitán Renault, también el tunante de Pedro Sánchez -mira por donde: un epíteto oportuno que sin embargo olvidó mencionar Casado- parece haber hecho de la supervivencia la única norma ética de su conducta, del juego a dos barajas su estrategia habitual de acción, y de la mentira más sistemática su único léxico conocido.

Sánchez, que ya mintió cuando prometió que jamás se aliaría con los populistas, cuando sostuvo que convocaría elecciones de inmediato, cuando declaró que su viaje a Benicasim para escuchar a los Scorpions había sido de trabajo y que sus desplazamientos en Falcon debían ser secretos por razones de seguridad nacional, o cuando proclamó que su tesis estaba a disposición del público -mentira doble porque ni lo estaba, ni lo era-, ha venido mintiendo de forma sistemática en todo cuanto ha concernido a su posición respecto del problema catalán -con el agravante de que lo que en ello se juega no es solo su supervivencia, sino la de la propia España. Sánchez empezó mintiendo cuando prometió que todas las negociaciones en que participara se harían no ya con luz y taquígrafos sino -literalmente- en streaming, y a la sombra de esa falsedad inicial ha ido urdiendo toda una densa telaraña de mentiras y medias verdades en la que la única luz es la que -insuperable paradoja- han venido arrojando los nacionalistas catalanes cada vez que les ha apetecido humillar a su interlocutor revelando sus verdaderas intenciones.

No recuerdo quién fue el iluminado que en vísperas de la caída de Mariano Rajoy sentenció, a modo de razón última que justificara la inminente defenestración del líder popular, que los españoles nos merecíamos tener un gobierno que no nos mintiera. No recuerdo quien fue, pero que Santa Lucía le conserve la vista: porque en materia de transparencia su sucesor en La Moncloa nos ha llevado en un suspiro de Guatemala a Guatepeor. Y lo que nos espera.